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domingo, 20 de mayo de 2007

José Hierro llevado al teatro: "Fragmentos de Cuaderno de Nueva York"

Un momento de la representación de 'Fragmentos de Cuadernos de Nueva York'

El pasado viernes 18 disfruté del montaje "Fragmentos de Cuaderno de Nueva York" que la Sala Ítaca de Madrid (C/ Canarias 41) ha realizado a partir de los textos de José Hierro de su libro "Cuaderno de Nueva York". Una hora y media en la que los actores van escenificando algunos de los poemas del libro.
La pena es que la representación sólo sean unos pocos días en Madrid. Confío en que se prolongue en otras salas y ciudades y en nuevas fechas porque os recomiendo a los admiradores de la poesía de Hierro que veáis el espectáculo.

Era inevitable que en mi cabeza a la vez que escuchaba a los actores oyera la voz de Hierro recitando con su voz grave y rota al final de su vida estos poemas. La voz de los actores unida a la melodía de un violonchelo que toca en directo en el escenario como fondo a la palabra.
Reconozc
o que me emocioné y no pude evitar las lágrimas cuando representaron los poemas "King Lear en los claustros" y especialmente el poema que aquí os dejo, con sus tres versos finales y definitivos.
Precioso el final del espectáculo con la voz del propio Hierro, con los versos del soneto "Vida" que cierra el libro.

Lo dicho, os recomiendo que vayáis a ver la obra.


A ORILLAS DEL EAST RIVER

I
En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los -para mí -difuminados
en la magia del tiempo.

Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!

II
Yo ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:
los aviones que proclamaban
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

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(Para más información sobre José Hierro en este blog:
http://javierdiazgil.blogspot.com/2007/03/jos-hierro-la-poesa-misma.html
http://javierdiazgil.blogspot.com/2007/03/jos-hierro-y-el-penal-de-el-dueso.html)

martes, 27 de marzo de 2007

José Hierro y el penal de El Dueso (Cantabria)






Entre 1939 y 1944 el poeta José Hierro (Madrid 1922-2002) fue encarcelado al finalizar la Guerra Civil española acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos. Una de las cárceles en las que estuvo preso fue la de El Dueso (Cantabria). A orillas del mar, los presos podían oirlo pero no verlo. Esa era, según contaba Hierro, la peor de las torturas.

Entre los años 1936 y 1944, Hierro vivió primero el encarcelamiento de su padre Joaquín, su propia detención y finalmente la muerte de su padre, tal como explica resumida la cronología de José Hierro de aquellos años:

1936 -1939:
Vive la guerra en Santander, con su familia.
1937:
Joaquín Hierro es encarcelado hasta 1941. Participa en una tertulia en la Biblioteca Municipal de Santander; algunos de sus amigos contertulios son detenidos muy pronto, como Luis Corona, a quien Hidalgo, Hierro y Jaime Giménez Merino envían a la cárcel el ejemplar único de la revista El Pino, mecanografiada por ellos, con poemas de los tres y dibujos de Hidalgo. Inicia su amistad con Manuel Llano.

1936 -1938:
Lee en francés a los principales poetas simbolistas y post-simbolistas (Baudelaire, Mallarmé y Valéry): hace de Las flores del mal uno de sus libros de cabecera. El 29 de marzo de 1938 conoce personalmente a Gerardo Diego, en una conferencia-concierto de éste y de José Cubiles; lo visitará unos días más tarde, en su casa, para hacerle entrega de una antología mecanografiada, con poemas suyos y de José Luis Hidalgo.

1939:
Acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos, es detenido el 3 de septiembre y conducido a la Comisaría de Policía, desde donde diez días después pasa a la Prisión Provincial; recorre después las cárceles de Comendadoras (Madrid), Palencia, de nuevo Santander, Porlier y Torrijos (Madrid), Segovia y Alcalá de Henares. Es procesado dos veces y, finalmente, se lo condena a doce años y un día de reclusión; sin embargo, abandonará la cárcel en 1944.
El 26 de marzo de este mismo año, muere su padre.

ll

Acabo de pasar unos días en Santander y me acerqué a contemplar desde una ladera vecina la cárcel donde pasó una parte de su reclusión el poeta.

He entendido mejor el poema "Reportaje" (Desde esta cárcel podría verse el mar...) que escribió entonces y que aquí os copio.

Espero que os guste.

ll


REPORTAJE

Desde esta cárcel podría
verse el mar, seguirse el giro
de las gaviotas, pulsar
el latir del tiempo vivo.
Esta cárcel es como una
playa: todo está dormido
en ella. Las olas rompen
casi a sus pies. El estío,
la primavera, el invierno,
el otoño, son caminos
exteriores que otros andan:
cosas sin vigencia, símbolos
mudables del tiempo. (El tiempo
aquí no tiene sentido).
Esta cárcel fue primero
cementerio. Yo era un niño
y algunas veces pasé
por este lugar. Sombríos
cipreses, mármoles rotos.
Pero ya el tiempo podrido
contaminaba la tierra.
La yerba ya no era el grito
de la vida. Una mañana
removieron con los picos
y las palas la frescura
del suelo, y todo —los nichos,
rosales, cipreses, tapias—
perdió su viejo latido.
Nuevo cementerio alzaron
para los vivos.

Desde esta cárcel podría
tocarse el mar; mas el mar,
los montes recién nacidos,
los árboles que se apagan
entre acordes amarillos,
las playas que abre al alba
grandes abanicos,
son cosas externas, cosas
sin vigencia, antiguos mitos,
caminos que otros recorren.
Son tiempo
y aquí no tiene sentido.
Por lo demás todo es
terriblemente sencillo.
El agua matinal tiene figura de fuente...
(Grifos
al amanecer. Espaldas
desnudas. Ojos heridos
por el alba fría). Todo
es aquí sencillo,
terriblemente sencillo.
Y así las horas. Y así
los años. Y acaso un tibio
atardecer del otoño
(hablan de Jesús) sentimos
parado el tiempo. (Jesús
habló a los hombres, y dijo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu»).
Pero Jesús no está aquí
(salió por la gran vidriera,
corre por un risco,
va en una barca, con Pedro,
por el mar tranquilo).
Jesús no está aquí.
Lo eterno se desvae, y es lo efímero
—una mujer rubia, un día
de niebla, un niño tendido
sobre la yerba, una alondra
que rasga el cielo—, es lo efímero
eso que pasa y que muda
lo que nos tiene prendidos.
Sed de tiempo, porque el tiempo
aquí no tiene sentido.

Un hombre pasa. (Sus ojos
llenos de tiempo). Un ser vivo.
Dice: «Cuatro, cinco años... ».
Como si echara los años
al olvido.
Un muchacho de los valles
de Liébana. Un campesino.
(Parece oírse la voz
de la madre: «Hijo,
no tardes», ladrar los perros
por los verdes pinos,
nacer las flores azules
de abril...).
Dice: «Cuatro, cinco,
seis años...», sereno, como
si los echase al olvido.

El cielo, a veces, azul,
gris, morado o encendido
de lumbres. Dorado a veces.
Derramado oro divino.

De sobra sabemos quién
derrama el oro, y da al lirio
sus vestiduras, quién presta
su rojo color al vino
vuela entre nubes, ordena
las estaciones...
(Caminos
exteriores que otros andan).
Aquí está el tiempo sin símbolo
como agua errante que no
modela el río.
Y yo, entre cosas de tiempo,
ando, vengo y voy perdido.
Pero estoy aquí, y aquí
no tiene el tiempo sentido.
Deseternizado, ángel
con nostalgia de un granito
de tiempo. Piensan al verme:
«Si estará dormido... ».
Porque sin una evidencia
de tiempo, yo no estoy vivo.

Desde esta cárcel podría
verse el mar —yo ya no pienso
en el mar—. Oigo los grifos
al amanecer. No pienso
que el chorro me canta un frío
cantar de fuente. Me labro
mis nuevos caminos.

Para no sentirme solo
por los siglos de los siglos.


ll


Para saber más sobre su cronología puedes entrar en:






lunes, 12 de marzo de 2007

José Hierro, la poesía misma.

José Hierro tiene la capacidad de conmover. La poesía de Hierro no te deja indiferente. Sé que los poemas de José Hierro son alimento, otro poeta necesario (de los más necesarios) a los que regresar siempre.

Nació en 1922 en Madrid y murió en esta misma ciudad cerca de la Navidad, el 21 de diciembre de 2002. Las ocasiones en que pude escucharle en sus recitales y hablar con él, -su voz grave acompasada, su mano midiendo la música del verso según lo iba recitando-, están grabadas en mi memoria.

Es uno de los poetas de la «Generación del medio siglo» cuya poesía contiene rasgos sociales basados en su experiencia como «Niño de la guerra». Está considerado como uno de los grandes poetas contemporáneos de habla hispana. Su obra abarca temas sociales y de compromiso con el hombre, el paso del tiempo y el recuerdo, como puede observarse en su bello «Cuaderno de Nueva York» y «Alegría», dos de sus publicaciones más importantes.Durante la guerra civil se dedicó a actividades clandestinas que motivaron su encarcelamiento en 1939. Después de ser liberado en 1942, se desempeñó en diversos oficios durante varios años, hasta radicarse en Madrid, donde inició entonces una larga carrera como escritor, jalonada por numerosos premios y distinciones entre los que se destacan:Premio Adonais 1947, Premio Nacional de Literatura 1953, Premio Nacional de la Crítica 1957, Premio March de Poesía 1959, Premio Príncipe de Asturias 1981, Premio Nacional de las Letras Españolas 1990, Premio Reina Sofía 1995, Premio Europeo de Literatura Aristeión 1999, Premio Cervantes de las Letras 1999, Doctor Honoris Causa de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo 1995, Miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1999. En 2002 fue nombrado doctor "Honoris causa" por la Universidad de Turín. En 2002 el Ayuntamiento de Madrid le concedió la Medalla de Oro de la ciudad.

En la ciudad en la que vivo, en Getafe, se fundó el Centro de Poesía "José Hierro", el lugar, dentro de la Comunidad de Madrid, dedicado a la memoria del poeta y a dar cabida a todas las actividades poéticas (lecturas, edición, talleres, encuentros...) que se desarrollan no sólo en nuestra ciudad, sino en nuestro país entero.

No sabría elegir un poema sólo de José Hierro para dejarlo aquí de testimonio. Tel vez dos, de su último libro "Cuaderno de Nueva York".

El maravilloso "Lear King en los claustros" (largo poema que os invito a leer entero, por favor, con uno de los versos que más me impresionan: "Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca." ) y "Vida", el soneto final con que cierra ese libro.

Aquí os los transcribo:

LEAR KING EN LOS CLAUSTROS

Di que me amas. Di: «te amo»,
dímelo por primera y por última vez.
Sólo: «te amo». No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
«Más que a mi salvación», dijo Regania.
«Más que a la primavera», dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían.)
Di que me amas. Di: «te amo»,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.

Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos,
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo brezado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.

La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos, que inventó Valle-Inclán.

Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío,
que se desperezaba bajo un sol diferente.

Y aquí está, al fin, delante de mis ojos.
Oigo como jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espera a que tú llegues
y me digas «te amo».
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, «te amo».
Son las mismas palabras que salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros... Regresaron
al silencio y a la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
efigies, delfines, grifos.
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras:
susúrralas o cántalas sobre un fondo real,
-agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire-
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
-¡por qué nunca las pronunciaste!-
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme «te amo»;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.

En esa paz reconstruida
-sé que es tan sólo un decorado-, represento
mi papel, es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas las urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.

Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño,
ven a decirme «te amo» y desvanécete en seguida.

Desaparece antes de que te vea
nadando en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado,
antes de que te diga:
«Yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres».

De "Cuaderno de Nueva York" 1998
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VIDA
A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

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Tan sólo para terminar dejo aquí un poema mío, que escribí tomando como cita un verso de este último poema de José Hierro y que apareció en una antología en la que participé homenaje a José Hierro: "Trazado con Hierro", Ediciones Vitruvio (Madrid, 2003).
Seguid disfrutando con Hierro, siempre.
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DECIR PERFECTO
“Después de nada, o después de todo,
supe que todo no era más que nada.”
(José Hierro)

La tarde
se nutre de mentiras.

Nada está limitado.

La luz,
qué importa sea la de marzo,
–la de este marzo humilde
y de silencio–
esconde en sus entrañas a la noche.


¿Dónde hallar las palabras que me crean?



En esta sombra
declaro la certeza:
Decir perfecto
es decir nada.


(A José Hierro)

© Javier Díaz Gil
ll