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domingo, 7 de noviembre de 2010

"Epílogo", texto de Joan Margarit

Joan Margarit (Foto: Carlos Pérez Siquier )
(Tomada de http://www.joanmargarit.com/)

Leo en la revista digital "La Estafeta del viento" un artículo con un texto del poeta catalán Joan Margarit que pertenece a su futuro libro No estaba lejos, no era difícil, que verá la luz en los próximos meses.

En este texto habla de la dignidad, del tiempo, de la condición de poeta y dice frases tan memorables como:

No he encontrado mejor manera de amar a los demás que el ejercicio de la poesía, unas veces como lector y otras como poeta -he dicho en muchas ocasiones que para mí las dos opciones son lo mismo-...

Dado el interés de las palabras de Margarit no puedo resistirme a traerlas a mi blog para que se difundan lo más posible.
Disfrutad del artículo, merece la pena leerlo despacio.

Epílogo

Por Joan Margarit

No estaba lejos, no era difícil. Ya está aquí este tiempo, que no es el mío, en el que vivo con una mezcla agridulce de proximidad y distancia. Siento como el entorno se me va haciendo extraño. Ya no reconozco algunos valores y conductas que hoy son habituales. Cambian demasiado aprisa los paisajes. No, este tiempo no es el mío, pero es ahora cuando, en gran parte gracias a la poesía, siento una alegría tranquila que años atrás desconocía. No estaba lejos esta edad donde nadie duda en considerarme un viejo, aunque siempre con unas precauciones que me hacen sonreír, ya que son debidas a la absurda mala prensa que tiene esta palabra, sobre todo cuando es un sustantivo. Tampoco era difícil hacerme cargo con naturalidad, con complacencia incluso, de algunos sentimientos de los que la juventud suele hacer esfuerzos para alejarse o defenderse. La soledad y la tristeza, por ejemplo. Pienso que la asunción de estos sentimientos es como un mecanismo de relojería que la vida va activando para situar a la muerte en un horizonte familiar. He entendido las respuestas más peligrosas que la proximidad de la muerte puede generar y que se sitúan entre dos extremos: la desesperación y la huida hacia adelante, es decir, la sumisión a valores de la juventud. Por lo tanto, también, una forma de desesperación. Equidistante, está la lucidez, el paso previo a la dignidad. Y la admiración, el umbral del amor, como la alternativa a la queja y el desprecio.

Estos últimos años me he dado cuenta de que, a la vez que va disminuyendo la capacidad de aprendizaje, hace su aparición, como contrapunto, otra capacidad que acabará por ser la más importante: la de utilizar hasta el límite, para la exploración de nuevos territorios intelectuales y sentimentales, todo lo que se ha aprendido a lo largo de la vida. De esta manera también puede alcanzarse la lucidez necesaria para comprender el miedo. Pero esta nueva capacidad también depende de cómo ha sido el desarrollo personal hasta entonces. No hay manera de evitar una cierta irreversibilidad de la situación. Esto es lo que hace que esta etapa última pueda ser la más profunda, pero también la más banal, de la vida de una persona.

El miedo no es más que la falta de amor, un pozo que tratamos de llenar inútilmente con las cosas más variadas, en una acción directa, sin sutilezas, que no se acaba nunca, porque el pozo siempre está igual de vacío y oscuro. Cuando no se entiende el miedo, no se puede intentar nada más que esta acción sin matices, que es la del egoísmo, porque no puede tener en cuenta nada más que, sin saber de donde procede, rellenar el propio vacío. Entonces, el amor quizá no está lejos, pero es difícil. Hay que volver al tiempo antes del pozo, saber cómo y cuándo comenzó a cavarse. A mi edad esto es ineludible. A la sustitución del miedo por la lucidez, la llamo dignidad. Entonces es cuando resulta que el amor no estaba lejos ni era difícil.

La palabra <> viene del latín dignus, <>, y este significado evoluciona hacia los más complejos de 'merecedor de respeto' y, más aún, el de 'respeto por sí mismo', que es el significado que me interesa. Esta dignidad que es respeto por uno mismo conduce al amor, el cual se adentra a la vez por la inteligencia, el sentimiento y la sensualidad, que sucede dentro de cada uno y que sólo tiene que ver circunstancialmente con las actividades públicas de dedicación a los más necesitados, acciones que pertenecen siempre, de una manera explícita o implícita, al territorio de la política.

Amar es lo bastante complejo como para necesitar de todas las herramientas y maestrías que pusimos a punto en la época del aprendizaje. No he encontrado mejor manera de amar a los demás que el ejercicio de la poesía, unas veces como lector y otras como poeta -he dicho en muchas ocasiones que para mí las dos opciones son lo mismo-, y poniendo, tanto en la composición como en la interpretación de un poema, la misma honestidad que desearía y procuro practicar en cualquier aspecto de la vida civil y de la vida íntima. Pienso que este planteamiento es posible porque la poesía tiene la intensidad de la verdad. Lo que un poeta es, eso serán sus poemas: y no hay nadie más difícil de engañar que los buenos lectores de poesía. Al fin y al cabo una persona culta es la que sabe distinguir entre Chuangtsé y un gurú de cantantes famosos, entre una obra de Montaigne y un libro de autoayuda. No hay ni un solo buen poema en el que su autor no se haya involucrado de alguna manera hasta el fondo. Esto es lo que lo convierte en un acto de amor. Somebody loves us all ("Alguien nos ama a todos"), como dice el gran verso final del poema "Filling Station" ("Estación de servicio"), de Elizabeth Bishop.

En medio de todo esto, la poesía que más sigue interesándome se mueve en un territorio que yo llamaría sensato, evitando, en su relación con el misterio, los dos extremos en los que la falacia de la originalidad siempre intenta arrinconarla. Por un lado está la devaluación del misterio, que ha convertido ya a una parte de las artes plásticas y de la música contemporáneas en algo ajeno al riesgo y a la emoción y, por tanto, a la verdad. El otro extremo consiste en enfatizarlo de una manera exagerada, es decir, ignorar que hasta el misterio, o más que nada el misterio, debe ser tratado con sensatez. Que se desconozca el sentido o la explicación de algo, no implica que sea aceptable cualquier explicación, por descabellada que sea. La poesía, a pesar de su exactitud y concisión, no puede ser nunca un atajo.

Mi tiempo ha huido y me ha dejado solo en otro tiempo, pero mi soledad es una soledad de lujo. Me hace pensar en el exilio final de Maquiavelo en el mundo rural de su infancia, en aquellas tabernas donde, como explica en sus memorias, sólo hablaba con los rudos e incultos campesinos. Pero por la noche ponía una gran mesa con los mejores y más finos manteles, vajillas y cristalerías, que había traído de Florencia, y cenaba y conversaba con los sabios de la Antigüedad.

Por lo que a mí respecta, en este otro exilio que es, por su propia naturaleza, la etapa final -larga o corta- de la vida, siento que yo soy mi propio interlocutor. Ahora, ya no se está a tiempo de improvisar, debo haber hablado ya, desde hace mucho tiempo, con los sabios antiguos o modernos para que, efectivamente, y en muchas ocasiones a través de mis propios poemas, pueda reencontrarme conmigo mismo en el territorio de la dignidad. La dignidad de no asustarme de mi destino.

Verano de 2010


jueves, 21 de mayo de 2009

Poemas y correspondencias: Joan Margarit y Ángel González

De izquierda a derecha, Miguel Ríos, Joan Margarit, Angel González y Luis García Montero.


Leo fascinado el último libro del poeta Joan Margarit (Lleida, 1938) y me encuentro con us poema "Raquel" y me hace recordar el poema de Ángel González
(Oviedo, 1925 - Madrid, 2008)"A veces un cuerpo puede modificar un nombre".
Pienso que son dos poemas de amor escritos cuando los poetas han alcanzado la edad madura. Un poema de amor que habla de las palabras y lo que nombran.
Estoy de acuerdo, como dice el poema de Ángel González, "¿Qué sería tu nombre sin ti?"

Cobra sentido el nombre por lo nombrado, el nombre de la mujer amada.
Disfrutad de esta correspondencia.
1. Ángel González:

De "Otoños y otras luces" (2001)

A veces un cuerpo puede modificar un nombre

A veces, las palabras se posan sobre las cosas como una
mariposa sobre una flor, y las recubren de colores nuevos.

Sin embargo, cuando pienso tu nombre, eres tú quien le da
a la palabra color, aroma, vida.

¿Qué sería tu nombre sin ti?

Igual que la palabra rosa sin la rosa:
un ruido incomprensible, torpe, hueco.


2. Joan Margarit

De "Misteriosamente feliz" (2009)
RAQUEL

Un nombre para ti:
el nombre que acaricia
a una mujer desnuda
y la acerca a mis labios.
Un nombre para ti,
para ver en tus ojos
la terraza regándose,
la hiedra envenenada
por la luz de la luna.
Un nombre para ti,
severa como hiedra,
que acusaste al poema
de cruel,. cuando tan sólo
deseaba piedad.
Un nombre para ti.
Una palabra de aire
sobre un campo de flores.

lunes, 27 de octubre de 2008

Poemas y Correspondencias: Machado, Ángel González, Joan Margarit. Luis García Montero


Poemas y Correspondencias:
Ángel González, Joan Margarit, Luis García Montero, Antonio Machado.




Es indudable la influencia que el poeta Antonio Machado (1875-1939) ha tenido en los poetas españoles posteriores. A menudo hemos imaginado sus lectores cómo hubiera sido el poema que Machado habría podido escribir con el último verso que escribió y que se encontró en su cartera después de morir en 1939 huyendo de la Guerra Civil española, en el exilio francés de Colliure.

Un verso alejandrino que recuerda su niñez y que dice:

Estos días azules y este sol de la infancia.


Eso mismo debieron pensar poetas como Joan Margarit (1938) y Luis García Montero (1958). Pero ellos hicieron algo más, a partir de ese verso escribieron su propio poema. Aquí os los dejo. Los dos magníficos. Estaréis de acuerdo conmigo, seguro.


TIO LUIS
Joan Margarit

Estos días azules y este sol de la infancia.
(Último verso escrito por Antonio Machado en Colliure)


En el fango del Ebro, el heroísmo.
Pero también contaba, aun para los vencidos
-y ya con pobres ropas de civil-
tener aquellos ojos, morenazo,
chulo de barrio de sonrisa fácil.
Desterrado, lo meten en un tren.
En las largas paradas de la noche,
sentado entre fusiles,
siente cómo la guerra es una fiera enorme
que en sus garras le lleva hasta Bilbao,
sin equipaje y nada en los bolsillos.

Así lo dejan solo en el andén.
Cansado por el viaje y la derrota,
se lava en una fuente: del fondo de sus ojos
surgen de nuevo su épica y las armas
de antaño, viejas armas de los bailes
de domingo en los patios de Montjuïc.
Va a calles de fulanas y tugurios.
Junto a ella percibe su perfume
barato y la mirada de unos ojos
donde el rimmel ha puesto
negras banderas de anarquistas muertos.
Uñas de un rojo sucio
son banderas que el Ebro iba arrastrando.

Y yo estoy orgulloso de escribir
como en sus buenos tiempos hizo la poesía,
los versos de una puta que salvó
a un hombre y a ella misma por amor.
Esto pasaba al acabar la guerra.
Y transcurrían para mí entretanto
estos días azules y este sol de la infancia.
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COLLIURE
Luis García Montero

Un rincón en el mundo
detrás de una frontera,
o detrás de los años o los amaneceres
con la esquina doblada
como la página de un libro,
o detrás de las curvas de una guerra.

Se conmueve el camino a la orilla del mar.
Parece un látigo en el aire
de febrero lluvioso.
Cuando baja del coche,
Ángel González duda,
pone sus pies heridos en la historia
y sube muy despacio,
entre muros franceses
y casas repintadas
con el azul de los veranos,
hasta llegar al cementerio.

Lo que nos trae aquí
no es el sol de la infancia.

Los lugares sagrados nos permiten vivir
una historia de todos en primera persona.
Las flores de la tumba de Machado
imitan el color de una bandera
sagrada por manadato
de mi melancolía.

Aquello que perdimos una vez,
y el frío de las manos, la palabra en el tiempo,
el dolor de las vidas que se cortan
en el cristal de los destinos rotos,
descansa hoy, casi desnudo,
en una tumba de poeta.

¿Cuándo llegamos a Sevilla?,
preguntaba su madre al entrar en Colliure.

Qué difícil la suerte
de los pueblos que viven protegidos
por la misericordia de un poema.
Qué difícil la última
soledad de Machado.
La luna llega al mar,
el mar llega a Sevilla,
nosotros a un recuerdo
y a esta pálida,
desarmada emoción
de compartir una derrota.
...............................................

Y un regalo más. El poema que Ángel González (1922-2008) escribió, como lo hizo García Montero en su visita junto a éste a la tumba de Machado en Colliure. Otra correspondecia que merece la pena.

CAMPOSANTO EN COLLIOURE
Ángel González

Aquí paz,
y después gloria.

Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco's Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
paz
y después gloria.

Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
—paz
y después...—
perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.

Sí; después gloria.

Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
manos de obra barata, ejército
vencido por el hambre
—paz...—,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
—...sin gloria.

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

¿Qué precio es el peor?
Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
—«Casino
de Canet: spanish gipsy dancers»,
rumor de trenes, hojas...—,
ante la gloria ésta
—...de reseco laurel—
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.

Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.
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