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domingo, 18 de mayo de 2025

20/05/2025. Tertulia Rafael Montesinos: Javier Díaz Gil, Ana Garrido Padilla y Juan Calderón

 



El próximo martes, 20 de mayo de 2025, a las 19.00 horas, participaré junto a Ana Garrido Padilla y Juan Calderón en la Tertulia Hispanoamericana Rafael Montesinos. Coordinaré el dialogo y leeremos nuestros poemas. Será una velada de poesía inolvidable, no os lo perdáis. Os esperamos. 

Biblioteca Eugenio Trías. 

Paseo de Hernán Núñez, 24. Parque de El Retiro.

Madrid.

sábado, 11 de mayo de 2024

09/05/2024: Texto de mi presentación de "Paisajes interiores" de Juan Calderón Matador

 

Jorge Alonso (editor, ediciones Agoeiro), Juan Calderón y Javier Díaz Gil


Este pasado jueves, 9 de mayo de 2024, se presentó en el Centro Cultural Buenavista de Madrid el último libro del poeta Juan Calderón Matador, "Paisajes interiores" (Antología 1993-2023), publicado por la editorial Agoeiro.

En la mesa de presentación tomó la palabra en primer lugar el editor, Jorge Alonso y después intervine yo, como prologuista, presentando el libro. Hice una lectura de mi prólogo pues era necesario incidir en algunos detalles y contar cada uno de esos diez paisajes que contiene esta antología.

Después, Juan Calderón leyó y fue glosando algunos de los poemas para los que contó en el recitado con la participación de algunos amigos que subieron al escenario a leer: Lidia Carmona, Cinta Rosa Guil, Joselyn Michelle Almeida, Alberto Ramos y Juan Bautista Raña.

Fue una tarde feliz de poesía y amistad.

Os dejo con el texto de mi prólogo para que conozcáis este libro y os animéis a leerlo. No os decepcionará. 

 

FE DE VIDA



“Paisajes interiores”, este libro que el lector tiene en sus manos es algo más que un antología poética. No es solo una selección de poemas de la obra publicada e inédita del poeta Juan Calderón Matador. A lo largo de estas páginas, en cada uno de los poemas, se nos ofrece una verdadera declaración de fe de vida. “Este soy yo”, nos podría estar diciendo antes de cada poema, “este soy yo”, nos repetiría al final de su lectura. Asomarnos a estos paisajes interiores es asomarnos al corazón del poeta.


Un paisaje es un espacio físico, un territorio que puede ser observado desde un determinado lugar, dice el diccionario de la RAE. La expresión “paisajes interiores” es un oxímoron, a estos paisajes que no son un lugar no podemos asomarnos si no es a través de los ojos, el corazón y la memoria del poeta. Estos diez paisajes en los que está dividido el libro son un espacio común donde reconocernos y encontrarnos. Recorriendo junto al autor estos diez territorios, recorreremos una vida. Observo el orden de los paisajes y no puedo sino pensar en la sensación de ascenso, de elevación de los temas tratados que nos propone Juan Calderón, no solo desde un punto de vista cronológico, con los poemas de infancia iniciales y los finales de madurez, sino también un camino de ascenso, de culminación de etapas, como definiera el psicólogo Maslow en su clásica ya pirámide de los cinco tipos de necesidades humanas. En esta jerarquía de necesidades sólo se puede avanzar en la vida una vez planteadas y resueltas las necesidades inferiores. Obviando la base de la pirámide que plantea Maslow de necesidades más básicas, las fisiológicas (alimentación, respiración, descanso), apuntadas en los poemas iniciales vamos ascendiendo junto al poeta por este camino, paisaje a paisaje. La siguiente etapa, de seguridad y protección, (la seguridad física, la salud, la familiar, el entorno) están presentes en los paisajes I. La madre y II. La familia. Un tercer escalón, el de la afiliación (las necesidades de pertenencia, aceptación, afecto, intimidad…) se plantean claramente en los paisajes III. La sexualidad, IV. Las heridas y V. Lo onírico. El escalón siguiente, el del Reconocimiento (las necesidades de autoestima, el respeto, la confianza, la libertad…) ocupan los paisajes VI. La traición, VII. El destino y VIII. La amistad, el amor. Y la cima de la pirámide, finalmente, la etapa de autorrealización (la moralidad, la creatividad, el éxito, la plenitud) están en los poemas de los paisajes finales, el IX. La madurez y X. La culpa. En este último apartado los poemas adoptan un tono social y de denuncia, donde lo moral es una toma de conciencia ante la injusticia, ante el silencio de los poderosos.


No es difícil que el lector se sienta cómplice del poeta, no es difícil que el lector sienta que en cada poema pueda decir, “este también soy yo” pues estos poemas, los más íntimos de Juan Calderón, son también testimonio de los temas más recurrentes de su poesía. Escritos en un lenguaje sencillo, en un tono narrativo y en casi todo momento confesional, son en esencia, pura verdad. “Un poema sin verdad no vale nada”, decía el poeta Joan Margarit. Y es el testimonio de la verdad, la razón fundamental de esta selección de poemas.


Por eso la verdad está ya en el primer poema del primer paisaje, “Hombre sin amarras”, “No es fácil este gesto”, es el primer verso, y es una declaración de intenciones, “ha llegado el tiempo (…) de transitar mis íntimos paisajes”.


El fondo se complementa con la forma: el oficio del poeta está presente. El ritmo de los poemas se apoya en la sucesión de versos impares que constituyen las estrofas de silva libre impar, el uso  de figuras estilísticas como las anáforas, los paralelismos, dotan de musicalidad a los poemas y fluye con naturalidad la narración. El uso de imágenes, metáforas, de símbolos como el agua y las aves que simbolizan la vida y la libertad y el tiempo de la felicidad, son frecuentes y constituyen el lenguaje poético de Juan Calderón. Más adelante mostraré algunos ejemplos. Quiero detenerme ahora en cada paisaje, someramente.


Esta antología, lo decía al principio, es una muestra voluntaria fe de vida. Y esa vida se manifiesta en cada sección.


Es La Madre, el paisaje inicial, el que más poemas ocupa en el libro. 17 en total, lo que nos muestra el peso de su figura en la biografía de Juan Calderón. El tono narrativo que recorre el libro se hace quizá más presente en esta parte con dos personajes principales, la madre y el niño y los adjetivos que califican a los personajes en los títulos de los poemas definen a los personajes: mujer rota, mujer en la cocina, triste, sumisa… Niño soñando caricias, talado, sin miedo… Poemas en los que aparecen palabras y temas que se repiten a lo largo del libro: el fracaso, el dolor, la mentira, la soledad, el silencio… Descubrimos, como ocurre en un buen relato (no en vano Juan Calderón también es escritor de narrativa) los puntos de giro que sostienen este primer paisaje: el matrimonio, el desengaño, la separación, el niño ya sin miedo por la protección de las mujeres de la familia, el seminario (la traición y envidia de los compañeros), el paso del tiempo, la muerte de la madre, la ausencia.


En el paisaje II, La familia, se desarrolla lo apuntado en el poema “Mujeres por doquier” del paisaje I, justo homenaje a las mujeres que formaron su familia: la abuela Antonia, la tía Guadalupe, sus primas, Maribel y Antonia. Son especialmente hermosos los poemas dedicados a la abuela Antonia, cito estos versos como ejemplo: 


“A lo lejos,

la voz de abuela Antonia

dialoga con las aves,

les recita los nombres de todos los que fuimos.”


La abuela Antonia es refugio, consuelo contra la tristeza.


En esta sección destacan dos poemas dedicados al padre ausente, que son esperanza y necesidad de perdón, de reconciliación.


Los paisajes que siguen van desarrollando temas apuntados en paisajes anteriores. Así, este paisaje III, la sexualidad, se anunciaba en el poema del paisaje I, “Niño esperando cariño” donde podíamos leer: “(…) y el sexo que irrumpía misterioso, / se decidió mi porvenir impuro. / Acepté mi destino.”


La verdad, decía, es el leit motiv de este libro, y el tono confesional aflora en estos poemas de este apartado. Están presentes el dolor, el sentimiento de culpabilidad en un principio, la conciencia y la asunción natural de la homosexualidad: “pero no amaba como todos”, “me digo que no hay nadie / que ya pueda  impedirme / tomar la mano amada y pasear.”…


Hay algunos ejemplos de poemas que toman la forma de un diálogo, en esta parte encontramos “Eco de niño para voz de hombre”, uno de los poemas más largos del libro en el que recomiendo detener con mimo la lectura, donde el adulto del presente habla con el niño de la fotografía que fue. “Yo soy el que serás”. Y añadirá el adulto:


“El amor es bendición del cielo

y no importan los géneros, los nombres,

los ritos ni el color,…”


El paisaje IV, es el dolor. Conecta con lo apuntado en los primeros poemas del libro. Quizá la palabra dolor sea una de las que más se repiten en esta antología. Y este dolor se muestra a través de las heridas, se muestra en cada uno de los diez poemas (otra sección más extensa que el resto) que marca el peso y el interés del poeta en esta parte: la soledad, los amigos que te traicionan, el sexo escondido y sin amor que hiere, la depresión… Pero surge también el testimonio de la necesidad de cicatrizar la herida por el amor y dejar atrás el dolor: “…era necesario descender / para mirar tu rostro y comprenderlo”.


Lo onírico, el paisaje V, nos lleva de la mano a los sueños y a los deseos: “crear de la nada que ahora somos / un mundo de ternuras”. Nos acerca a la impotencia de acercarse al amor heterosexual, “la mano extendida inútilmente”, el tema del amor heterosexual incumplido en poemas de este paisaje que conectan, en ese juego de vasos comunicantes que nos plantea Juan Calderón en el libro, con el poema “Lo que nunca fue” del paisaje III cuando nos dijo “No pude amarla entonces, / ahora sé porqué”. Aparece en esta sección el símbolo de las aves como metáfora de la memoria: “fuiste paloma protegida”. Pero también aluden a la libertad, en el poema “Alas te invento”: “Porque quieres volar alas te invento”. Cierra lo onírico con un poema diálogo en el que el poeta habla con la personificación del sueño, tema que nos lleva a otro Calderón, Calderón de la Barca, donde “los sueños, sueños son”. Dice el sueño en el poema de Juan Calderón: “¿no te dijeron nunca que el sueño es mentiroso?”


Desgranar este libro es ascender, como dije, un camino de vida. Y alcanzamos un momento vital terrible, con una de las partes más breves, cinco poemas bastan, la del paisaje VI. la traición. La experiencia de la traición, anunciada ya en poemas como el titulado “Destino, el seminario” del paisaje I, entonces representada en la traición y envidia de los amigos que luego fueron curas, y que ahora, en esta sección, se tiñe de traición amorosa, de abandono. De nuevo el dolor, el silencio, “la casa muerta”, el insomnio, los días repetidos… “Es otra noche más de ausencia”, esa ausencia que es “un buzón deshabitado” donde aún puede caber la esperanza. Significativo el poema final, “Soledad fiel” donde la soledad se vuelve compañera donde el poeta “le inventa nombres propios”.


Esta travesía del desierto de la traición desemboca en el paisaje VII. el destino. Un bloque importante, de doce poemas. El primer poema de esta serie “Deshielo” (de nuevo la metáfora del agua) en un tono testimonial va recorriendo el invierno mes a mes: enero, febrero, marzo… dejando atrás el dolor, la depresión, saludando el regreso del amor. Nos anuncia aquí lo que luego se hará más extenso en el siguiente paisaje, el amor y la amistad. Mirar de frente el destino es mirar también de dónde viene el poeta y lo que ofrece al ser amado.: “de un lugar que huele a monte (…) un pequeño aleteo de cigüeñas (…) hojitas de olivo…”. El amor se anuncia como el camino seguro por el que transitar y huir del incendio y las pavesas. Un destino que es lugar donde cimentar la confianza en sí mismo, la aceptación y afirmación de la sexualidad frente a los demás. El poeta lo expresa en estos versos del poema “Certeza”:


 “Frente a mi desnudez tengo la tuya

(…)

sólo tú, yo y el semen intranquilo.


Somos (…)

dos hombres enlazados

sin que el rayo nos pueda ya importar”.


El destino es aquí el amor que se anuncia y también el sexo como territorio de la felicidad. Con imágenes tan líricas como “Tú me tejes los días / con las hebras de mosto de tu pubis”. 

Y en este momento, es el poeta, desde la madurez y la experiencia el que le habla al amado, el que sabe cómo salvar el amor: “no escuches a los otros, no les hables”.


Si sumamos los doce poemas anteriores a los seis del siguiente, el paisaje VIII, “La amistad-el amor”, estamos ante la temática más extensa del libro. La apuesta de Juan Calderón por el amor por encima de todo es clara. El amor que hacia el final del libro se va imponiendo, como certeza, como pilar vital que nos sostiene en pie y nos hace elevarnos, que nos hace vivir y seguir caminando. Esta sección se inicia con “Amistad”, uno de los poemas más bellos dedicados a este sentimiento que es un hito fundamental del libro en esta reivindicación palpable de dos términos tan íntimos como el amor y la amistad. Decía Emily Dickinson que “todo mi patrimonio son mis amigos”. Estos poemas sobre el amor y la amistad nos demuestran en este paisaje que son también el patrimonio del poeta. El peso específico de esta sección está también en la presencia de poemas más largos, los cinco siguientes, divididos en partes: Distancia, Pájaro viajero, Días de ausencia, Sentir tu amor y Perlas en el Sena. ¿Qué significan estos poemas más largos? La respuesta es clara: existe en el poeta la necesidad de detenerse, demorarse en el sentimiento amoroso y declarar su amor: “Mi corazón no hace preguntas, / tan solo está esperando que lo ocupes.”, existe un deseo claro de amor y permanencia. No faltan versos eróticos con aire lorquiano, tan queridos por Juan Calderón, que el lector hallará: “Me dejas en los labios / la rosa de tu aliento,”.


Estamos ya culminando el camino con los dos últimos paisajes que son signos de plenitud y de toma de conciencia. En la toma de conciencia se centra el paisaje IX. la madurez. Tiempo de mirar atrás y reconocerse y de plantear en los tres primeros poemas un tema delicado apuntado en el paisaje IV y en el VII, la depresión. Nos dirá ahora: “Me inoculó el veneno de los miedos, (…) / y con hambre de jíbaro / me dejó reducido a casi nada.”. Juan Calderón, valiente, nos cuenta su experiencia, la hace visible, la normaliza para confesarnos que se marcha la depresión pero quedan sus heridas y que en ocasiones -recuerda en unos versos a Alfonsina Storni- cruza por la mente la idea del suicidio y afirma que no hay salida. Pero hay una forma de enfrentarse a la depresión, frente a ella la respuesta es una sonrisa: “una sonrisa de repuesto / y un ‘me niego / a dejarme vencer por tantos lutos`”. 

En este paisaje IX está la madurez y están las certezas que se alcanzan: las ganas de seguir aprendiendo, la inutilidad del ego, las poesía como refugio y está lo planteado en el delicioso poema “Comodidad del equilibrio”, donde la vida es como un columpio: es una suerte de equilibrio y es la necesidad de no dejar el balanceo, no abandonar el vuelo a pesar de las habladurías.


Este libro, no nos olvidemos, es una fe de vida e implica un ciclo vital completo, por ello, era necesario y coherente cerrar esta antología con el paisaje final, el X. la culpa. Son los poemas sociales, la toma de postura ante la desigualdad, ante el sufrimiento. Aquí nos interpela el poeta declarando sus principios y pidiendo que el lector también tome partido.


“Y cómo resistir tanto veneno,

tantos niños comidos por el hambre,

tantas mujeres humilladas,

tanto odio en los ojos,

tantos manos hundidas en el cieno…”


Y por eso vuelve a surgir la idea de Dios y la religión, la que se anunciaba en el paisaje I en el poema del seminario, pero esta vez para recriminarle al mismo Dios la injusticia: “Dios, que tienes mil nombres, (…) / reparte bien tus dones a lo largo del mundo”. Ante tanta desgracia, el poeta nos pide que gritemos juntos “el nombre del ahogado”. Y nos muestra a los niños, los más indefensos, que nos lleva pensar en el propio poeta y en los primeros poemas de su infancia dura, y los retrata con imágenes tan bellas y terribles como “niño sin flores en los ojos”. A esos niños inocentes que dedica un poema tan conmovedor como “Niño sin zapatos”, un poema lleno de preguntas, como ésta, que debemos responder cada uno de nosotros: 


“¿Dónde está vuestra culpa

si no tuvisteis tiempo todavía

de perder la inocencia?”


Y su afán es también denunciar el odio, la guerra… La guerra de Ucrania, hoy, en el poema “Miedo a la Z”, la Z, símbolo del ejército ruso pero que bien podría ser símbolo de final, de muerte, representada en esa última letra del abecedario. La guerra de Ucrania, hoy, las que fueron y las que pueden venir. La guerra de Ucrania también objeto del poema “Febrero, veinticuatro”, fecha en que comenzó la invasión rusa en 2022.


Vuelven a estos poemas del paisaje final los temas iniciales: la pena, el dolor, la injusticia. Pero  el lector convendrá conmigo en que hemos recorrido en este libro un camino del yo interior al nosotros. Del yo poético al del conjunto de la sociedad. El dolor, la pena, la injusticia son de todos. A todos nos atañe.


Por ello, el poema final del libro busca el compromiso, la toma de conciencia del lector, “Yo me acuso” es el deseo del poeta para que el poema sea un espejo donde mirarnos, que la guerra, el hambre, la injusticia no nos sean indiferentes.


“Hoy me miro de frente y me sonrojo” es el verso final. El poeta nos está interpelando. Todos nos miramos de frente al espejo y nos sonrojamos.


El fondo se complementa con la forma. Lo dije antes. Podríamos detenernos en cómo la maestría de Juan Calderón nos cuenta las cosas: el ritmo que consigue con las anáforas: “¿Cómo iba yo a pensar…? / ¿Cómo iba yo a saber?” (en “Destino, el seminario”), o en esa repetición del “Había..” de tono melancólico en el poema “Agonía de las estaciones” por citar dos ejemplos. El uso del epifonema con ese caracter sentencioso de cierre del poema: “¿Y el grito para qué / si sabes que estás solo?” (del poema “Y Para qué gritar”)…o el uso de la enumeración: “el ficus benjamina, (…) / las fotos que rompiste (…) / el primer disco que compramos…” (en “Contraluz”).


El lector irá encontrando muchos más ejemplos a lo largo del libro.


Pero hay algo que no quiero dejar de nombrar antes de cerrar este prólogo. Los dos símbolos que comenté al principio de este texto y que por su uso prolongado a lo largo de los poemas adquieren categoría de alegorías: las aves y el agua. Las aves, símbolo de vida y de libertad pero también de los tiempos felices. “Las esquivas aves del recuerdo” (en “Recuerdos”), “la voz de la abuela Antonia / dialoga con las aves” (en “Abuela Antonia”), “…te pedía / que llevaras palomas en los hombros” (en “Antonia”), “Tú, que fuiste paloma protegida” (en “Paloma protegida”), “Porque me pones alas / (…) dejo de sentirme pájaro” (En “Amistad”).


Pero es el agua la alegoría más recurrente y querida en Juan Calderón. El mar, la abundancia del agua y los ríos son símbolos de plenitud y alegría, frente a la sed y sequía que lo son del dolor y la tristeza: “Has dejado que el mar / se te escapara por los dedos” (“Mujer sumisa”), la plenitud  del agua que no desemboca, como en Lorca, en este “Tengo un mar interior / con aguas putrefactas” (“Pasen y sean”), “Rebosantes de dicha sus aljibes” (“Cuando la envidia hiere”), “Y me adentro en el polvo / en busca de las aguas” (“Llamada”), “Esta es la noche y este es el minuto / para invocar al mar” (“Tiempo de yodo y sal”), “Desciende un río manso de caricias” (“Un ser de luz”). “Y la sed instalada en nuestros labios” (“Nombre”), “un niño (…) / liba un pecho tan seco como el erial que enmarca…” (“África llora, en Madrid llueve”).


Estos paisajes interiores están surcados por aves y agua, están mostrando la carne y el hueso, el dolor y la ausencia pero también la alegría y el amor. Estos paisajes interiores son Juan Calderón diciéndonos en cada poema “Este soy yo”. Estos paisajes interiores están habitados por la verdad.


“Un poema sin verdad no vale nada”, decía el poeta Joan Margarit y también afirmaba que “una buena persona es quien dice la verdad”. 


Estimado lector, estoy de acuerdo con Margarit. Porque Juan Calderón Matador responde a esas dos afirmaciones. Es, a la manera machadiana, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, Juan Calderón es buena persona y poeta bueno, imprescindible.


Y estos “Paisajes interiores” lo demuestran.



Javier Díaz Gil

29 de julio de 2023

Algunas imágenes de la tarde:






lunes, 6 de mayo de 2024

09/05/2024: Madrid, presentación de "Paisajes interiores" de Juan Calderón Matador

 


El próximo jueves, 9 de mayo de 2024  a las 19.00 horas tendré la suerte de presentar en Madrid la antología "Paisajes interiores" del poeta Juan Calderón Matador. Recoge una selección de su obra poética de los últimos 30 años. 

Será en el salón de actos del Centro Cultural Buenavista

Avenida de los Toreros, 5 (Madrid)

Intervienen:

Jorge C. Alonso (Director de Ediciones Agoeiro)

Javier Díaz Gil (poeta y prologuista del libro)

Juan Calderón Matador (autor)

Leerán poemas del autor: Lidia Carmona, Cinta Rosa Guil, Joselyn Michelle Almeida, Alberto Ramos y Juan B. Raña.


Os esperamos

jueves, 12 de noviembre de 2020

13/11/2020: Madrid. Presentación de "Sillas invisibles" de Juan Calderón Matador



Amigos, este viernes 13 de noviembre de 2020 será la presentación oficial del poemario 'Sillas invisibles' (Ed. Los libros del Mississippi, 2020) de Juan Calderon Matador, a las 18.00h.

Será en el Espacio Huerga y Fierro (c/ Sebastián Herrera, 9 MADRID).

Intervendremos Antonio Benicio Huerga (editor) y yo mismo, Javier Díaz Gil que he tenido la fortuna de escribir el prólogo de este estupendo poemario, además estará también, por supuesto, el autor de la obra. 

Siguiendo lo dispuesto en el BOCM se aplicarán las medidas de seguridad necesarias para garantizar la salud y el bienestar de todos los asistentes. 

Entrada Libre Hasta Completar el Aforo Limitado (se ruega confirmación). ¡Os esperamos!

domingo, 31 de mayo de 2020

Junio 2020: Próxima publicación del poemario "Sillas invisibles", Juan Calderón Matador

"Sillas invisibles", Juan Calderón Matador. 
(Ed. Libros del Mississippi. Madrid, junio 2020)

Estamos de enhorabuena, el poeta Juan Calderón Matador (Alburquerque, Badajoz, España. 1952) publica el próximo 6 de junio de 2020 su último poemario, "Sillas invisibles", en la editorial Libros del Mississippi. Con ilustraciones y portada de la escritora y pintora Carmen Padín.

No puedo sino recomendar la lectura de este libro que tuve la suerte de prologar.

Para quien no conozca al autor, Juan Calderón, del que ya he hablado en otras entradas de mi blog, os dejo aquí la reseña biobibliográfica que aparece en la portada de este poemario:

JUAN CALDERÓN MATADOR, Alburquerque (Badajoz), 1952, reside en Madrid desde 1975. Su vida laboral ha transcurrido en la banca privada, con incursiones en teatro, televisión y radio. Dirigió la galería de arte Albaquercus. Escribe poesía, narrativa y teatro.
Entre sus numerosas publicaciones poéticas citaremos: Camino ancho, paso desolado, Eco de niño para voz de hombre, El destino nos ata y nos desata, Sirenas de pecho herido. En narrativa, La noche que murió Paca la Tuerta, Veinte historias amables más un garbanzo negro y El cuentista bajo la encina blanca. De su obra dirigida al público infantil reseñamos ¡Viva Gloria Fuertes!, Las cerezas de Pascualino y La bordadora del faro.
Ha estrenado cinco textos teatrales. Ha compuesto 300 canciones, algunas grabadas en discos y cd. En 2010 fue candidato a representar a España en Eurovisión. Entre sus premios cuenta con la Mejor letra festival de la canción escurialense, Mejor letra de la Parodia Nacional, de Antena3, Juegos Florales de Montijo, Premio de poesía Villa de Cardeñoso, XVIII Concurso de Poesía Villa del Escorial, María Fuentetaja, Certamen Gritos en Verso, de ASEAPO, Premio de Microrrelatos del periódico GENTE, Premio Librería Ulises, Benidorm. Durante varios años, Ediciones Cardeñoso convocó un certamen de poemarios con su nombre. 
Creo que la mejor manera de presentaros "Sillas invisibles" es dejándoos aquí el texto del prólogo que escribí para el libro y añadir una sorpresa más al final de esta entrada:

LAS SILLAS INVISIBLES Y LA MEMORIA 

“El tiempo / se ha sentado en las sillas invisibles” dice Juan Calderón en uno de los poemas de este nuevo libro. Son las sillas invisibles las que conforman y confirman nuestra memoria. La silla es el símbolo de todo lo que el poeta ha querido reunir en estas páginas ante la mirada emocionada de sus lectores, a los que invita también a sentarse a esta mesa de la que forman parte la nostalgia del tiempo pasado y el territorio siempre cercano de la infancia, los recuerdos que quedan indelebles en nosotros y los viajes que nos marcaron y, muy especialmente, las ausencias de los amigos que tanto nos enseñaron y a los que debemos recordar y rendir cuentas. 

Lugares y personas que son nuestra vida y son nosotros mismos. Sin esas sillas invisibles no podríamos entender quiénes somos. 

La madurez poética de Juan Calderón es la clave para interpretar estos poemas. Es este libro una declaración definitiva de certezas, momento de hacer recuento, de afirmar abiertamente -con las citas de Neruda y García Márquez que abren el libro- que sólo el amor nos salvará de esta vida y lo terrible que es conjugar el corazón con el olvido. 

Estructurado en cuatro partes, el poeta en la primera de ellas observa la vida mientras llega la barca. Vivir, Juan Calderón lo sabe, es ser testigo de lo que acontece y es ir creando los recuerdos que nos acompañarán en el futuro. Calderón además de poeta es autor de teatro y narrativa -su última publicación fue el libro de relatos El cuentista bajo la encina blanca – Antología (1968-2018)-, y también compositor, pintor… Sus múltiples facetas creativas recalan con acierto en estos poemas de Sillas invisibles. Así, en un tono narrativo aparecerán en este primer bloque historias de dragones y ángeles caídos, recuerdos de infancia (ese magnífico niño de secano como un Cristo clavado en las cruces del tedio), el erotismo que destila por ejemplo en el poema Muchacha en flor (los peces de sus dedos / recorrieron el largo de sus muslos), el compromiso con el sufrimiento… Y se sirve de símbolos como el del agua para que sus poemas nos transmitan naufragios a veces, otras, la calma de la contemplación (“hay dolor en los ríos”, “un agua tan cansada / que perdió la costumbre de correr”), cerrando con un poema magnífico de declaración de amistad y otro reflexivo en la que el misterio y el dolor desembocan en la búsqueda de la paz interior. 

Esa paz interior es el puente hacia la siguiente sección, A los que alcanzaron la otra orilla. doce poemas que son a un tiempo, retratos y elegías a los amigos que se fueron y a los poetas y artistas admirados. Los maestros a los que rinde tributo.  Aleixandre, Mallarmé, Cecilia, Frida Khalo, Juan Ruiz de Torres, Francisco Fenoy… A los que seguir preguntando. “…que me ha de entender / y darme las respuestas que preciso”, declara en el poema dedicado a Aleixandre: el amor, lo prohibido como temas de fondo. Si en el anterior bloque se valió de lo narrativo, introduce aquí en el poema a Jacque Canales un formato de diálogo teatral para potenciar aún más este juego de preguntas y búsqueda de respuestas al que me referí antes. 

Diez poemas conforman la tercera parte, Lugares y maletas. Diez poemas que son memoria de lugares que marcaron al poeta. Es aquí donde Juan Calderón alcanza un tono más lírico, nos da la mano para llevarnos al Alburquerque de su infancia o a las calles de Madrid y de nuevo al símbolo del agua y el mar como contemplación: el paisaje mediterráneo de Guardamar, la ciudad de Cádiz… Detener el instante, fijarlo en la memoria, compartirlo.  Elevar la imagen y conmovernos con “un llanto de humo”, “el aliento de seres invisibles”, un “golpear / con furia de pezuñas”… O con esa “palmera abierta” de Cádiz, “que al destello del sol / se vuelve fuego de artificio”. Hasta alcanzar en el poema al Valle del Jerte un hermoso canto a la belleza que no puedo dejar de destacar.
El dolor es quien protagoniza la última silla invisible del libro. Con el dolor a cuestas, titula  el poeta esta parte final. El dolor es el que nos hace conscientes de la vida. El dolor que nos hace más fuertes y comprometidos con el que sufre. Poeta comprometido con el débil, altavoz de los que no tienen voz para mostrar la injusticia. El dolor pequeño, anecdótico (si es que hay dolores pequeños) de un bolso robado y el dolor enorme por las guerras, por el África explotada y empujada a emigrar se muestran como igual cicatriz en la mirada y el alma del poeta. 

Pero hay voluntad reivindicativa y de rebelión y hay ánimo de esperanza. El dolor que se denuncia para crear conciencia. Se puede salvar el mundo escribiendo un poema, estoy convencido, si el poema es capaz de conmover e implicar al lector. 

La madurez poética de Juan Calderón está en este libro en su estructura pero también en su forma, en el empleo cuidadoso de la silva libre impar, ese ritmo musical de los versos impares: los heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos… el uso acertado de las anáforas y las imágenes que nos van llevando como el agua querida del poeta, poema a poema, hasta esta mesa de sillas invisibles, dispuestas, donde el lector será bienvenido para que también pueda ser memoria y presente, esperanza y dolor y  también compromiso. 

Y contemplar, al fin, junto al poeta, la belleza: “…más arriba los robles, luego el cielo / y ese anhelo de alas / para sobrevolar tanta belleza”.
Toma pues, lector, la silla que te ofrece el poeta y comparte con él este nuevo libro.
Javier Díaz Gil
febrero de 2020

Como muestra de los poemas del libro, os dejo para que leáis y escuchéis en la excelente voz y fantástico recitado del autor éste, titulado "Carta a Don Vicente Aleixandre". 
Comprad el libro y disfrutad de estas "Sillas invisibles".

CARTA A DON VICENTE ALEIXANDRE

                                          Para el poeta Vicente Aleixandre 
                                          con mi admiración de siempre.

Aunque nunca el destino nos reuniese,
le mando esta misiva
que no precisa sello ni distrito.
La pongo en el buzón del pensamiento
esta noche inundada por miedos, que es posible, 

tuviese usted también
antes de su partida.

Suyas, se me han contado muchas cosas,
otras las intuí
mientras gozaba sus poemas,
por eso estoy seguro de que me ha de entender 

y darme las respuestas que preciso.

Me asalta con frecuencia
el miedo de perderme tras lo oscuro 

de ese desván terrible del silencio,
ese lugar en donde mueren
de frío los amores,
por no haberse atrevido nuestras voces 

a pronunciar sus nombres.

De quedarme dormido tengo miedo 
cuando llegue mi escena culminante, 
de silenciar al hombre más amado
y hacerlo prisionero en mis adentros,
y que esa quemazón se me haga herida abierta, 

que camine hacia atrás y sea invisible
a las cuencas de mármol de los que me rodean.


Espero que algún día
me remita en un sueño sus respuestas, 

y me diga
si en ese lado no es preciso
esconder sentimientos,
si es posible lucir en la solapa
ese nombre prohibido,
y un retrato de amor en la cartera.


Dígame si es feliz en esa orilla.
Por usted, don Vicente, y tantos otros, 

anhelo
una contestación afirmativa.




CARTA A DON VICENTE ALEIXANDRE
Texto y voz: Juan Calderón Matador

Edición del vídeo: Juan Bautista Raña