martes, 27 de marzo de 2007

José Hierro y el penal de El Dueso (Cantabria)






Entre 1939 y 1944 el poeta José Hierro (Madrid 1922-2002) fue encarcelado al finalizar la Guerra Civil española acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos. Una de las cárceles en las que estuvo preso fue la de El Dueso (Cantabria). A orillas del mar, los presos podían oirlo pero no verlo. Esa era, según contaba Hierro, la peor de las torturas.

Entre los años 1936 y 1944, Hierro vivió primero el encarcelamiento de su padre Joaquín, su propia detención y finalmente la muerte de su padre, tal como explica resumida la cronología de José Hierro de aquellos años:

1936 -1939:
Vive la guerra en Santander, con su familia.
1937:
Joaquín Hierro es encarcelado hasta 1941. Participa en una tertulia en la Biblioteca Municipal de Santander; algunos de sus amigos contertulios son detenidos muy pronto, como Luis Corona, a quien Hidalgo, Hierro y Jaime Giménez Merino envían a la cárcel el ejemplar único de la revista El Pino, mecanografiada por ellos, con poemas de los tres y dibujos de Hidalgo. Inicia su amistad con Manuel Llano.

1936 -1938:
Lee en francés a los principales poetas simbolistas y post-simbolistas (Baudelaire, Mallarmé y Valéry): hace de Las flores del mal uno de sus libros de cabecera. El 29 de marzo de 1938 conoce personalmente a Gerardo Diego, en una conferencia-concierto de éste y de José Cubiles; lo visitará unos días más tarde, en su casa, para hacerle entrega de una antología mecanografiada, con poemas suyos y de José Luis Hidalgo.

1939:
Acusado de pertenecer a una red clandestina de ayuda y socorro a los presos, es detenido el 3 de septiembre y conducido a la Comisaría de Policía, desde donde diez días después pasa a la Prisión Provincial; recorre después las cárceles de Comendadoras (Madrid), Palencia, de nuevo Santander, Porlier y Torrijos (Madrid), Segovia y Alcalá de Henares. Es procesado dos veces y, finalmente, se lo condena a doce años y un día de reclusión; sin embargo, abandonará la cárcel en 1944.
El 26 de marzo de este mismo año, muere su padre.

ll

Acabo de pasar unos días en Santander y me acerqué a contemplar desde una ladera vecina la cárcel donde pasó una parte de su reclusión el poeta.

He entendido mejor el poema "Reportaje" (Desde esta cárcel podría verse el mar...) que escribió entonces y que aquí os copio.

Espero que os guste.

ll


REPORTAJE

Desde esta cárcel podría
verse el mar, seguirse el giro
de las gaviotas, pulsar
el latir del tiempo vivo.
Esta cárcel es como una
playa: todo está dormido
en ella. Las olas rompen
casi a sus pies. El estío,
la primavera, el invierno,
el otoño, son caminos
exteriores que otros andan:
cosas sin vigencia, símbolos
mudables del tiempo. (El tiempo
aquí no tiene sentido).
Esta cárcel fue primero
cementerio. Yo era un niño
y algunas veces pasé
por este lugar. Sombríos
cipreses, mármoles rotos.
Pero ya el tiempo podrido
contaminaba la tierra.
La yerba ya no era el grito
de la vida. Una mañana
removieron con los picos
y las palas la frescura
del suelo, y todo —los nichos,
rosales, cipreses, tapias—
perdió su viejo latido.
Nuevo cementerio alzaron
para los vivos.

Desde esta cárcel podría
tocarse el mar; mas el mar,
los montes recién nacidos,
los árboles que se apagan
entre acordes amarillos,
las playas que abre al alba
grandes abanicos,
son cosas externas, cosas
sin vigencia, antiguos mitos,
caminos que otros recorren.
Son tiempo
y aquí no tiene sentido.
Por lo demás todo es
terriblemente sencillo.
El agua matinal tiene figura de fuente...
(Grifos
al amanecer. Espaldas
desnudas. Ojos heridos
por el alba fría). Todo
es aquí sencillo,
terriblemente sencillo.
Y así las horas. Y así
los años. Y acaso un tibio
atardecer del otoño
(hablan de Jesús) sentimos
parado el tiempo. (Jesús
habló a los hombres, y dijo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu»).
Pero Jesús no está aquí
(salió por la gran vidriera,
corre por un risco,
va en una barca, con Pedro,
por el mar tranquilo).
Jesús no está aquí.
Lo eterno se desvae, y es lo efímero
—una mujer rubia, un día
de niebla, un niño tendido
sobre la yerba, una alondra
que rasga el cielo—, es lo efímero
eso que pasa y que muda
lo que nos tiene prendidos.
Sed de tiempo, porque el tiempo
aquí no tiene sentido.

Un hombre pasa. (Sus ojos
llenos de tiempo). Un ser vivo.
Dice: «Cuatro, cinco años... ».
Como si echara los años
al olvido.
Un muchacho de los valles
de Liébana. Un campesino.
(Parece oírse la voz
de la madre: «Hijo,
no tardes», ladrar los perros
por los verdes pinos,
nacer las flores azules
de abril...).
Dice: «Cuatro, cinco,
seis años...», sereno, como
si los echase al olvido.

El cielo, a veces, azul,
gris, morado o encendido
de lumbres. Dorado a veces.
Derramado oro divino.

De sobra sabemos quién
derrama el oro, y da al lirio
sus vestiduras, quién presta
su rojo color al vino
vuela entre nubes, ordena
las estaciones...
(Caminos
exteriores que otros andan).
Aquí está el tiempo sin símbolo
como agua errante que no
modela el río.
Y yo, entre cosas de tiempo,
ando, vengo y voy perdido.
Pero estoy aquí, y aquí
no tiene el tiempo sentido.
Deseternizado, ángel
con nostalgia de un granito
de tiempo. Piensan al verme:
«Si estará dormido... ».
Porque sin una evidencia
de tiempo, yo no estoy vivo.

Desde esta cárcel podría
verse el mar —yo ya no pienso
en el mar—. Oigo los grifos
al amanecer. No pienso
que el chorro me canta un frío
cantar de fuente. Me labro
mis nuevos caminos.

Para no sentirme solo
por los siglos de los siglos.


ll


Para saber más sobre su cronología puedes entrar en:






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