jueves, 21 de octubre de 2010

Poetas peruanos contemporáneos: Miguel Ildefonso

Miguel Ildefonso (Lima, Perú, 1970)


Uno de los poetas más sólidos, narrador y animador cultural de Perú es Miguel Ildefonso. Nacido en 1970, es uno de los representantes más destacados, con apenas 40 años, de la poesía peruana contemporánea.

Le he conocido en mi reciente estancia en Perú en este pasado mes de septiembre de 2010, con quien compartí encuentro literario gracias a la generosidad de otro poeta peruano, buen amigo, Giancarlo Huapaya, a quien le debo una entrada en mi blog. su peosía y su acción cultural en la capital peruana lo merecen. En estos días, entre el 12 y el 16 de octubre, se ha celebrado allá un Festival Internacional de Poesía "Un par de vueltas por la realidad - Festival Latinoamericano de Poesía" que ha dirigido y coordinado.

En ese festival ha participado también Miguel Ildefonso.

Miguel Ildefonso nació en Lima, el 05 de Enero de 1970.
Estudió Literatura en la Universidad Católica del Perú e hizo una Maestría en Creative Writing en la Universidad de El Paso, Texas.
Ha editado fanzines contraculturales como El Bote. Colaboró en diversas revistas como Imaginario del Arte, Cronopia, Sieteculebras y Flecha en el Azul. Lo mismo escribe artículos en diferentes revistas de cultura del Perú y del extranjero, impresas y páginas web. Dirigió la revista virtual El Malhechor Exhausto (www.geocities.com/Elmalhechor7). Codirigió la revista de Literatura Pelícano. Ha dirigido talleres de creación literaria como en el Centro Cultural Antares Artes y Letras.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional PUCP 2009 en la categoría poesía, con "Libro de Exilio" (Fondo Editorial de la PUCP). Este 2010 ha editado la voluminosa obra "Dantes" (Editorial Lustra) y su décimo poemario “Todos Los Trágicos Desiertos” (Ediciones Letra en Llamas).

LIBROS PUBLICADOS DE POESÍA (Hasta 2009):

_ “Transformer” (Editorial La Santa Muerte, México: 2009)
_ “Himnos” (Editorial Apolo Land, Lima: 2008)
_ “Los Desmoronamientos Sinfónicos” (Hipocampo Ediciones, Lima: 2008)
_ “Heautontimoroumenos” (Jakembo Editores. Asunción, Paraguay: 2005)
_ “Transformer” (Universidad Nacional Enrique Guzmán y Valle. Lima: 2004)
_ “M.D.I.H.” (Editorial Zignos. Colección El Malhechor Exhausto. Lima: 2004)
_ “Las Ciudades Fantasmas” (Ediciones Copé. Lima: 2002)
_ “Canciones de un Bar en la Frontera” (El Santo Oficio Ediciones. Lima: 2001)
_ “Vestigios” (Gonzalo Pastor Editor. Lima: 1999)

Para conocer más sobre su biobibliografía podéis consultar su blog: http://miguelildefonso.blogspot.com/

La poesía de Miguel Ildefonso nace de su experiencia nacional pero la trasciende. La poesía de Ildefonso se hace universal. Poesía narrativa que bebe de la tradición europea y americana, que parte de lo peruano y en la que cualquier lector, de cualquier país podría identificarse.
Su presencia en festivales de poesía de países latinoamericanos y europeos le sirven también para conocer lo que se escribe en el mundo.

Y eso se refleja en sus poemas.

Confío en que os despierte la curiosidad y busquéis más información y poesía de Miguel Ildefonso.

De momento aquí os dejo tres poemas. Uno de ellos es casi un estandarte suyo, que no puede dejar de leer allá donde va, su poema "José María".
Disfrutadlos.

Tres poemas de Miguel Ildefonso
(recogidos de la web de Letralia)

José María

José María venía en bus, por la Oroya, a Lima,
en sus audífonos escuchaba a Lou Reed;
afuera los cerros mojados, la lluvia entrándole por el hueco de la bala.
Esa mezcla de Perfect Day con la caída de la lluvia puso nostalgia
a la visión cristalina de la ventana.
Recordó entonces cuando chiquillo dormía sobre los pellejos;
aprendió el quechua, canciones más tristes todavía que las de Lou.
Los cerros con sus minas ya no eran morada de mitos.
Cerros como tumbas de Huarochirí y humo que salía de las chimeneas.
Un tren fantasma entró a un viejo túnel,
la lluvia sepia como las cuerdas de un arpa le cosquilleaba el hueco de la bala,
entonces se preguntó si en cincuenta años todavía existiría este país.
Esta idea lo avergonzó, puso otra canción, algo de Pastorita,
y casi al empezar a dar vueltas en torno a ello quedó dormido.
La carretera daba curvas, lo acurrucaba.
—Oye, niño —le dijeron—, regresa a casa.
Pero su madre murió. Niño, esta no es tu lengua. Pero él cantaba en el bus:
Aún no veo el cerro de mi pueblo,
soy un forastero,
soy un alma que vaga junto a un río.
Tengo un revólver al cinto.
Mi corazón, una tinya, un charango y una quena.
Ay mi corazón se lo llevó el río
y aún no veo el cerro de mi pueblo.
José María cantaba en quechua con su guitarra de palo, pero adentro,
en las entrañas de su voz, los danzantes ya contaban sus pasos.
La muerte —es una herida que se lleva desde el nacimiento,
la muerte— es un alma que acompaña: una nostalgia, un país.
El niño que cantaba en el río llamaba a su madre para que lo salve.
Ese niño tenía miedo que se lleven su corazón,
que en cincuenta años nadie cante sus canciones en quechua.
Porque el país tenía montañas y cargamentos que llegaban a los puertos,
lo saqueaban todo, se lo llevaban todo.
Ese paisaje de perros famélicos que anunciaba la entrada a la ciudad
iba mezclando la muy dulce melodía de su voz con el fuerte sonido de una bala.
Sus amigos lo querían, pero el resto no entendía el quechua,
ni quería entenderlo, cosas de serranos —decían ellos,
ellos que hoy publican sus libros, lo estudian, lo celebran.
José María, el día que pusiste la pistola en ti,
alguien tocaba su violín en las alturas de Andahuaylas.
Ellos esperaban que lo hicieras para hacer de ti una leyenda:
la gran leyenda cultural del país. Ellos, que escupían en tus cantos.
Con una mano cogiste el arma, yo nacía cuando te despedías.
Tres días antes cantaste en una reunión con amigos,
alguien grabó tu voz y aquella grabación fue una burla a la muerte
que siempre te asechó, fue tu victoria
sobre una prole de intelectuales.
Un día antes fuiste a La Parada a comprar discos de huaynos;
nos emborrachamos escuchando a Jilguero;
nos vemos mañana, tú naces yo muero, cantabas.
Habrías tenido un flash back, tu infancia entre los indios,
una clase en la universidad, o algo como una retama
que al comienzo te hiciera dudar,
pero que luego más bien te impulsara con una fuerza irrefrenable.
José María, una mujer canta en la esquina de mi calle,
viene de Ayacucho. ¿Estaré yo en su canto?
¿Estarán mis poemas en la palma de esa mano de barro?
José María, tú cantabas en quechua un rock en el fondo de mi tumba.
Yo escribo esto para cantar en ti.


La virgen loca. Con final de Edward Norton

Dolores Alanis O’Connor
velaba por el cuerpo de Dante que se extraviaba por Florencia.
Los punks y los vampiros se atravesaban por el corazón del poeta,
casi un mínimo verso lo mantenía en vilo.
Un sonido cómplice del mar lo rescataba, embarrado ebrio,
hacia su sino desconocido.
Dante sabía que Dolores Alanis O’Connor velaba su destino
como si no existiera otro mundo que el del internet.
Es el S. XXI, decía, no hay ficción, ni es la carta XXI del tarot.
Los vampiros del mar corrían trayendo mensajes funestos de su país,
Oh es el exilio, decía, un frío que recorre estos versos.
Pero cuántas veces Dante perdió su inocencia en las nubes,
en la eclosión del sol, tras la ventana de cualquier cantina,
y la seguía perdiendo hasta con el bostezo de un cuculí.
Podría petrificar su corazón bajo la calamina de su agrietada memoria, un rayo de sol.
Sin embargo, ya no había poesía en Florencia.
Dolores Alanis O’Connor se le presentó en el bar.
Los punks y los vampiros llenaban de sangre y ácido los bosques de humo.
El náhuatl que se fundía en el humo se convertía en la serpiente
que bailaba en el cuerpo de Dolores, desnuda.
La ciudad de Florencia apestaba,
todos los peces muertos en el mar, todas las aves muertas en el aire.
Y la poesía, como ya se dijo, bajo la tierra agostada de Eliot.
Podría ser que las estrellas aún girasen por ese Amor.
Pero ella se desnudó frente al poeta, porque la angustia
es del ser que ha abandonado su alma, y porque así era su amor.
Tiempo atrás, un niño se había comido el corazón de Dante;
entonces ese niño empezó a escribir tercetos en italiano, lengua vulgata, profana,
y con su obra se hizo más niño, porque había alcanzado,
mediante el amor, ese estado anterior a todos los idiomas.
Ah los vampiros y los punks se fueron con el alba,
dejando las mesas manchadas por la verdad poética.
Florencia seguía estallando, pues los anárquicos querían luchar hasta el final.
Dolores Alanis O’Connor yacía en la tina, con los vellos
de sus piernas por afeitar, los senos congelados como icebergs.
En los periódicos sólo se hablaba de la guerra, se hablaba tanto
que parecía tratarse de una guerra muy lejana.
Dante, en su locura, cayó en la esquina, asesinado por la sociedad,
idolatrado por unos cuantos druidas.
Un niño se le acercó, y tras escribir el último terceto, se miró en el espejo
y empezó a decir:
“Al diablo, Beatrice,
le di mi confianza
y ella me apuñaló por la espalda,
me vendió arriba del río Rímac.
Maldita, perra.
Fuck you!
Y al diablo tú, Dante,
lo tenías todo y lo tiras por la borda.
¡Maldito idiota!”.


Miss Emily

Miss Emily descansa bajo el alero de su casa,
tiene ciento & tantos años apenas es una criatura de dios,
nunca ha dejado de regañar a los niños que hacen escándalo
en la vereda / raperitos que bailan sin parar. Ella lee tranquila.
El sol es como un viejo amante, viejo amante de las ratas,
el único que la vio mil veces desnuda en el río Hudson
& en el río de todas las ciudades de su soledad.
Ella era delgada & elegante —la habían soñado mil poetas—
como un lirio arrancado de esos poemas de amor
tristes de pueblos tristes; pero Emily no tiene tristeza
ni es como esas muchachas amargadas de la otra calle
que fingían ser sus amigas,
así como fingían orgasmos cuando llegaban los soldados
(cuando vivían).

Buenos días, Miss Emily,
le saluda el cartero invisible entre los sauces,
el postman jamás se detuvo en la puerta de la pelirroja
(entonces ser solterona en un pueblo así
era un melodrama),
hasta que esa mañana, emocionado, le entregaría una carta
a la señorita que él amaba —le habían dicho que no la dañara—,
la primera carta, se dijo, en todos esos cuarenta años
trabajando de cartero.
Lo recuerda bien: tocó la puerta, pero nadie respondió;
volvió a tocar una & otra vez esa maldita puerta,
hasta que cansado de insistir, cansado de repetir su nombre,
cansado de caminar, de rumiar su pan sin azúcar,
se marchó.
Los niños raperitos ahora juegan un poco más allá
de la casa de Miss Emily, hacen todo el ruido posible
& de rato en rato vuelven los ojos hacia el espíritu de una ave
que se detiene en una rama del árbol mecido en el viento.

Miss Emily está sentada bajo el alero de su vieja casa,
no espera a nadie, nunca esperó a nadie.

Dicen: que ya no hay trabajo para los inmigrantes.