sábado, 3 de febrero de 2024

02/02/2024: Texto de mi presentación de "Inexactitud de la existencia" de Lola Deán, Centro Cultural Fuente del Berro (Madrid)

 

Javier Díaz Gil, Lola Deán y Lidia González, editora.

Presentación de "Inexactitud de la existencia" de Lola Deán.

Ayer, 2 de febrero de 2024, celebramos la presentación del último libro de Lola Deán Guelbenzu, "Inexactitud de la existencia" en el centro cultural "Fuente del Berro" de Madrid. Tuve la suerte de compartir la mesa de presentación junto a la autora, Lola Deán y su editora, Lidia González.

Amenizó el acto el violinista Osh Vicent y escuchamos los poemas del libro en la voz de numerosos amigos poetas que participaron leyéndolos.

En una sala llena de amigos y público, tras la intervención de Osh Vicent y su primera pieza que interpretó al violín, leí la presentación que preparé para esta ocasiónn y que os copio aquí:


Día 2 de febrero 2024 a las 19 horas  

                CENTRO CULTURAL FUENTE DEL BERRO


Presentación del libro “Inexactitud de la existencia”.


Un libro de poemas debe ser un mensaje que lanza el poeta al lector. Si como éste que hoy presentamos, está dividido en secciones, debe ser una estructura organizada que transmita un desarrollo de esa idea poética que a la vez que nos conmueve exprese pensamiento y emoción. 

El mensaje que transmite el libro de Lola Deán está ya en el título de este poemario: “Inexactitud de la existencia”. Anuncia, en este juego de palabras, en esta aliteración, una preocupación sobre la imperfección de la existencia, sobre el dolor, el deseo no cumplido, pero también hay una búsqueda de la esperanza.

Es en esencia un libro existencial, no tanto desde un punto de vista religioso sino lírico. Empleando un tono propio nos habla desde el dolor y busca en la palabra, en el refugio del poema, las respuestas para soportar la existencia inexacta, la existencia poblada de injusticias, busca alcanzar el equilibrio vital desde una mirada que apuesta, como decía antes, por la esperanza. 

Esa sensación de angustia que descubrimos en la lectura de estos poemas es la clave para la comprensión de la realidad y es la base para la interpretación de la existencia.

Para quien no conozca a la autora, os contaré que Lola Deán Guelbenzu nace en Madrid y pasa su primera infancia en las islas Canarias. Por distintas generaciones familiares se siente muy vinculada a Cascante y la Ribera navarra. Inicia la carrera de Periodismo y cursa estudios universitarios de Trabajo social. Realiza oposición de funcionaria y ejerce como tal durante muchos años en un organismo oficial.

Actualmente coordina la tertulia poética “La Flor de Cristal” junto con el poeta Eduardo Benítez y han creado los Encuentros poéticos en Majadahonda. Tiene 14 poemarios editados y 10 inéditos, dos de cuentos y va por la tercera novela. “Solo tú, Nekane”

Ha realizado y participado en numerosos recitales, revistas y eventos presenciales y radiofónicos.

Es miembro también de la tertulia Rascamán.


Pero volvamos ahora al libro. “Inexactitud de la existencia” está estructurado en seis partes:

  • Presencia
  • Existencia
  • Inexactitud
  • Negación
  • Ausencia
  • Vida 


seis partes que desarrollan esa idea existencialista en un tono  claramente confesional, donde la mayoría de los poemas están escritos en primera persona. Son el testimonio latente de vivir en la herida, en la espera de la luz, el deseo de paz y que todo, al fin, se vuelva olvido.


Ideas en esta línea que señalo apunta también en el prólogo nuestra querida y presente siempre en nuestra memoria, la poeta Montserrat Fernández Mateos a quien tanto echamos en falta. Os animo a que leáis sus palabras.


Precede a estas seis partes un poema que es una declaración vital. Ante el deseo inalcanzable la poeta opta por (…) Decir: ¡Basta! y ser ella misma y reivindicar que lo importante es el Aquí y Ahora.

Presencia, la primera parte, comienza con un diálogo de la poeta y el lector. 

Si me invento

de nuevo,

te reinvento

(…)

Si te nombro

me nombras

El deseo de ser queriendo.

Presencia es gritar fuerte: “Aquí estoy”, y pedir paz donde hubo guerra y herida y dolor. Ser libre en el poema, en la escritura. 

Presencia es la vida alrededor y constatar que el tiempo pasa en tu vida y en un vecindario tal vez imaginario.

Es mostrarnos que la lluvia es un símbolo de vida y su ausencia es soledad.

Presencia es tener ganas de huir en busca de un sueño.

Presencia es reconocerse junto a los poetas amigos, como en el poema dedicado a Chelo Santa Bárbara:

préstame tus zapatos.

Contigo

quiero

llevarlos

puestos.

Presencia es insistir en el aquí y ahora y en saber que yo escribo y tú sientes. Ese diálogo del yo y tú.

Lo mejor

(…)

refugiarse

y escribir un poema.

Hay imágenes definitiva en Presencia que son metáfora de buscarse para reencontrarse:

El cuarto está vacío

y entretiene,

colocar de nuevo

cada espacio,

en su lugar

Y aparece en Presencia, en esta primera parte, una idea que saldrá más en el libro. Y hay que seguir, seguir caminando porque la vida son rosas y espinas. Con esperanza cierra Lola Deán esta parte de Presencia.


Existencia, la segunda parte, da paso a la angustia vital, la que define la existencia como:

Superviviencia…

a base de ir muriendo

lentamente,

La que busca conjurar la melancolía con un Abrazo, con mayúsculas.

Es un yo que dialoga, Deciros / sin voz / palabras que plantea su discurso diciéndonos que existir es dudar.

La poeta mira a su alrededor y hay historias de abuso y maltrato que contar, entonces el poema sirve para despertar conciencias y expresar deseos:

Cuando la herida sane

Todo…

se vuelva Olvido

Y se reitera que la vida es un laberinto oscuro, aciago y el verso es la única salida.

Hay un tema repetido en el libro que guarda Lola Deán como un recurso cuando todo se torna oscuridad, os aviso: es capaz de practicar sortilegios, hechicerías, ungüentos con especias, de brujas sigilosas. Recurso al que acude cuando ataca la rutina y la desesperanza.

La rutina y la desesperanza que representa la poeta con colores como el añil frente a los colores felices, el azul, el verde, el violeta, amarillos o el tenue gris. Este mundo simbólico de colores aparecerá también a lo largo del libro.

Y encontramos y encontraremos en muchos poemas más adelante alusiones a elementos de la Naturalezas: lluvia, nubes, viento… El viento que parece dictarle el poema a la poeta.

De la Naturaleza también toma una imagen para el último poema: el girasol y la amapola, el girasol representa lo apolíneo y la amapola, lo dionisíaco. Reivindica Lola Deán para acabar esa parte de la Existencia, lo que representa la amapola: la libertad, la belleza. 

Inexactitud, la tercera parte, es el adjetivo que define la existencia en el título. Lo inexacto es lo imperfecto. La vida imperfecta que define en el primer poema de esta sección con una enumeración: infeliz, negro, roto, enfermizo, laxo, caótico, inerte… La vida imperfecta en la que está presente el daño, el dolor y la agonía.

Lola Deán lucha contra la inexactitud escribiendo para Que solo quede la memoria.

Con la inexactitud, Lola Deán pronto hará sortilegios con mandrágora. Convocará a las brujas / magos / elfos. Sortilegios a los que nos invita a los lectores a acompañarla en la lucha contra este mundo agónico. Para que cambie 

agonía por logro

invierno por primavera

desacuerdo en esperanza

paz

sin guerra o intransigencia.

Y recurre a la esperanza y a sus símbolos del color de nuevo. Constata que no todo es rosa, azul / verde, beis / o lila y que El tiempo pasa.

Hay momentos en que las fuerzas flaquean y falla la esperanza como en el poema Irme / no estar / no ser. / Quedar en el olvido. Desear morir para huir del dolor pero dejar dicho

¡Adios!

¡Os he querido!

Quiere Lola Deán cerrar esta sección jugando con el lenguaje. Nos queda siempre la palabra y el deseo de alcanzar tú y yo el Cenit.

Negación, la cuarta parte, es un pulso contra lo oscuro, contra la derrota. Hay una clara resolución de animarnos a intentar las cosas antes que quedarse quieto. Pero si no te atreves… nada será lo mismo.

A pesar de la incertidumbre que nos transmite Lola Deán, con la que vivimos antes de morir:

En este No Saber

antes del Túnel

Si en “Presencia” dedicaba un poema a una poeta amiga, Chelo Santa Bárbara, aquí dedica a otro poeta amigo, Carlos Doñamayor, otro poema, versos en ese pulso contra los oscuro contra el dolor y la muerte hasta que el tiempo vuelva.

Hay esperanza cuando se un reloj se detiene pero reanuda su tictac gracias a otra onomatopeya: el bum bum bum del corazón que late por un Amor desbocado.

La vida que se acaba está presente en un nuevo símbolo de la Naturaleza: los árboles talados son también la infancia perdida.

O es la muerte en vida, cuando te ignoran. 

¡Sigues vivo!

y la gente va a tu entierro…

Pero de esa muerte, como defiende en el primer poema de esta parte, hay que volver con la mejor sonrisa y seguir viviendo.

Pero cierra la sección, al contrario que las anteriores, esta vez sin esperanza, dando razón a esta “Negación” con la que ha titulado este capítulo: 

¿Hasta dónde

sufrimiento?

Tristeza

Soledad

Dolor

El Gris prevalece y es entonces el color negativo por excelencia, el de la tristeza, el del dolor.

Ausencia, la quinta parte, es la necesidad de la poeta de llegar al lector, Como deciros / hoy / “escuece el alma”.

O cuando nos dice:

Si te contara que Hoy

lloré…

Ausencia es la búsqueda de la felicidad, la que no existe en la palabra poética de la autora.

Ausencia son preguntas:

¿Qué hacer

con esa lágrima

indecisa

(…)

y no quiere salir?

Ausencia es recoger migajas de otros, de amor y serenidad, para que sirva de consuelo en el futuro.

Es acudir a los que nos rodean cuando Vago sin rumbo en la densa niebla y buscas que alguna mano amiga (…) viniera a rescatarme.

Ausencia es saber que ser sensible es un chasco, es sentirse un “ser raro”.

Ausencia es, lo dice Lola Deán en estos poemas:

Vivir…

navegando,

rota.


O:

Ausencia

(…)

que se adentra en el Alma.

Cierra esta sección otro poema donde aparece el color gris pero recupera la esperanza como cierre de capítulo, declarando la espera del amor para ser libre al fin.

Vida es la última parte del libro. Frente a la inexactitud de la existencia -la vida imperfecta de tristeza y de dolor-, el final del libro son la exposición de certezas para salvarnos. Podría ser una lista de propósitos que tuviéramos que apuntarnos y que paso a enumerar:

- Salir de lo superficial / para acercarnos / a la Esencia. Adentrarse en la piel y ser sensible, la sensibilidad a la que aludía en un poema anterior.

- Hacer conjuros con mandrágora de nuevo contra los que “son lobos disfrazados”.

- Vivir sin miedo hasta que llegue el día y ya no estés. 

- Acudir a la palabra poética que nos salva y saber que la vida es:

Volver a renacer

para morirse

o seguir respirando.

  • Tropezar y volver a levantarse
  • Regresar a los recuerdos felices que guardamos
  • Que ser conscientes de que la sucesión de los meses, como cuenta en el poema “Los Meses”, va tejiendo presuroso un tiempo que no regresará.
  • Defender la resiliencia, como hace la margarita que crece en el asfalto.

Cierra esta sección y el libro un poema que pareciera otra lista resumen de objetivos vitales a cumplir: predecir, difundir, buscar, fingir, encontrar, descifrar y finalmente hallar,… / mientras viva / un certero sentido.

Hallar mientras viva un certero sentido” nos dice para cerrar el libro Lola Deán.

Es este un libro extenso, un libro estructurado, existencial con un yo poético que dialoga con los lectores desde un tono confesional, que muestra su dolor profundo y su tristeza y la imperfección de la vida. Pero a pesar de la oscuridad, transmite y busca la poeta la luz y la esperanza. La poesía de Lola Deán nos salva y nos interpela y nos hace reflexionar.

Es momento ya de escuchar a la autora, es momento de dejar que Lola Deán nos haga el sortilegio con mandrágora que nos promete en estas páginas y nos libere con sus versos de esta inexactitud de la existencia.


Javier Díaz Gil

26 de enero de 2024

Os dejo algunas imágenes del acto:







 

viernes, 2 de febrero de 2024

01/02/2024: Texto de mi presentación de "La fábrica de luz" de Celia Cañadas, Café María Pandora (Madrid)

 

Javier Díaz Gil y Celia Cañadas

Este pasado jueves, 1 de febrero de 2024, presentamos en un café María Pandora lleno, el primer poemario de Celia Cañadas, "La fábrica de luz".

Tras las palabras previas del editor, Rafael del Castillo, tomé la palabra.

Para presentarlo, leí el prólogo que escribí para el libro y que reproduzco a continuación.


DESDE EL LUGAR DEL FUEGO Y LA PALABRA



Tomo como título de este prólogo uno de los versos del poema que abre este libro. Porque es desde ese lugar desde el que la poeta Celia Cañadas nos habla. Un lugar de fuego, ese fuego que es pasión y es identificación de la luz, un lugar de fuego y también de palabra. La pasión unida así a la palabra poética. Desde ese lugar Celia observa el mundo y nos observa.


Es “La fábrica de luz” el primer poemario publicado de Celia Cañadas. Un libro maduro y madurado, un libro esperado por los que sabemos desde hace muchos años de su sólida poesía y reconocemos la voz propia y necesaria de su palabra poética.


Publicar un libro, un poemario en nuestro caso, debe ser siempre un signo de responsabilidad  y  de compromiso hacia el lector. En los tiempos que corren en los que las prisas de la juventud unas veces, o las de la inmadurez, las más, llevan a publicar de manera irreflexiva, es una buena noticia la aparición de este primer libro de Celia Cañadas.


En el título del libro, “La fábrica de luz”, se adivina lo que encontraremos en sus páginas. Tiene Celia Cañadas, además de vocación poética una clara vocación y formación científica. Fábrica de luz llamaban popularmente a las primeras centrales hidroeléctricas creando poesía al nombrar las cosas. Es en ese diálogo de lo científico y lo lírico en el que se mueven gran parte de los poemas de este libro.


Por eso en él aparece multiplicada la luz, la luz como imagen del conocimiento, la luz física, la luz interior, también la oscuridad. Desde esa simbología que es transversal en el libro, los poemas nos hablan de “los límites de la luz”, de “la luz que se esfuma”, de “la luz de sus ojos”, de la “escasez de luz”, la “luz tamizada”, “la luz que me alcanza”, la “luz tan cegadora”, la “insaciable luz”, “luz que ni arde ni calienta”…


Esta madurez de la que hablo, en Celia Cañadas se revela no sólo en su escritura sino también como lectora. Lo comprobamos en las citas que acompañan a los poemas: Homero, Thomas Mann, Pessoa, José Cereijo, Claudio Rodríguez (la luz de Claudio), Juan Ramón Jiménez, Leopoldo María Panero…


Me detengo en la primera cita que abre el libro, son las palabras de Ulises frente a Polifemo: “Mi nombre es Nadie”… Intención de la poeta de pasar desapercibida, de dejar que las palabras sean las que hieran. Toda una declaración de intenciones para su primer volumen publicado.


Dividido en cuatro partes, este libro es un viaje de la mirada de la poeta -que nos acompaña  como lectores- primero, desde el mundo interior que habita las dos primeras, “A modo de presentación” y “Un lugar para vivir”, al tránsito, luego, de su mirada que recorrerá el camino de dentro hacia fuera de la tercera parte, “Actualidad 2020-2022” hasta dirigir la mirada al exterior, a lo más lejano, lo que sucede en la cuarta y última sección, “Tecnologías”.


Y así, en este camino que jalona cada poema, el primero de “A modo de presentación” es un  adecuado autorretrato. Ese “soy Nadie” de la cita inicial está aquí presente: 


No me veréis trotar en las verdes praderas del llanto

(…)

Ni entre el bullicio de los mercaderes

Tampoco en los salones del amanecer.


Los años de vida y de oficio poético la trajeron al lugar del fuego y la palabra desde el que observar el mundo.

La poesía, lo declara en el segundo poema, se convierte en la luz hacia la que salir, en una segunda boca: 


cómo salir,

hacia qué luz


Y en el tercero, “Herencia”, está el homenaje necesario a su padre, el poeta Aureliano Cañadas, de quien recibe la poesía:


Ahora que late tu vida

por mis venas…


Esta soy yo y esto es lo que poseo podría decirnos en los primeros poemas del libro: “Frecuento también los límites de la luz”.


Utilizando la primera persona, en “Caza” se convierte en un viejo cazador a las 18:30 (una hora que se repite cada día) y se autocita, a la manera de Gil de Biedma, utilizando un verso del primer poema, “en las rojas praderas del llanto”, convirtiendo en verde ahora las praderas, para incidir en lo que ya nos contó, no llorar, ante la lograda imagen de “la serpiente del tráfico acechante”.


No puedo evitar que me evoque en este poema a Lorca, en unos versos de su “Oda a Walt Withman” cuando dice:


Una danza de muros agita las praderas

y América se anega de máquinas y llanto.


Lorca está ahí también, en las lecturas de Celia.


Este “A modo de presentación” son también certezas. Pocos son los poemas de amor del libro. Pero los que aparecen tienen forma de sentencia, reflexivos, de aseveración. “Amor… también me fallarás”. O utiliza con precisión el modo elegíaco, la enumeración y el uso del epíteto para en “Políglota”, acudiendo a la antítesis contarnos los idiomas en los que le niegan la palabra.


Cierra esta primera parte, compuesta de ocho poemas, con “Aprendiz”. Esta es mi forma de estar en el mundo, podría seguir diciéndonos Celia Cañadas.


La segunda parte, “Un lugar para vivir”, doce poemas en los que enlaza con la primera, continúa la idea de mostrarnos quién es desde al análisis de los sentimientos, desde la relación familiar, manteniendo la anterior mirada interior transformada ahora por la maternidad. Esta sección comienza con dos poemas en segunda persona, dirigidos a su hija adolescente pero interpelando, desde la reflexión, también al lector. El cuerpo es definido con el oxímoron “sagradamente humano” como lugar para vivir. El lugar del fuego y la palabra es también el cuerpo. El paso del tiempo nos hace comprender “la primera / lección del deseo: / la satisfacción / como la luz, se esfuma.”


El segundo poema “El juicio de la verdad” anuncia que salir del peligro -peligro simbolizado por el invierno- para llegar al verano que nos salva, es un camino de penumbra. De nuevo la luz aparece aquí, junto a hallazgos verbales como el uso de un neologismo: sinvivimos.


“Nos espera un verano de señales” dice Celia en el último verso. Diez poemas siguen a éste y completan esta segunda parte, diez señales que la poeta numera para plantearnos la relación entre ella y su hija. Poemas que son diálogo entre un yo, la poeta, y un ella, la hija adolescente. Nos ocupa ahora el dolor, el tiempo, la sumisión, el símbolo del hueso como herida negativa, el símbolo de la carne como salvación. Temas a los que se añaden la luz negada, la rebeldía de la adolescencia, el miedo y la culpabilidad… Se suceden los versos sentenciosos “La verdad no está en nadie”, y la identificación de la madre con la niña:


Conozco el territorio,

esa escasez de luz y

ese aire exiguo

a la fuga.


Y encontramos en solo tres versos, retratos tan sutiles como definitivos que hace de su hija:


Ella no dibuja,

se diría que revela a los ojos

lo que preexiste en el papel.


dibujo que es contrapunto del vacío creciente entre las dos.


Y aparecen ya las primeras referencias al mundo científico que tratará más en la cuarta parte: el kilo, unidad de medida “de la entonces remotísima París”. El kilo que es ahora el espacio donde se anuncian incipientes las alas adolescentes.


La tercera parte de “La fábrica de luz”, “Actualidad 2020-2022”, nos traslada de los poemas propios del entorno familiar a la experiencia global que todos padecimos, la pandemia de COVID-19. Es la luz de estos poemas ahora una luz tamizada porque la vida queda ahí fuera. Y la mirada poética viajará, como dije al principio, desde el yo interior de la poeta al mundo exterior negado.


Comienza la sección con la llegada del viento del norte -el invierno-, el frío y el juego de intentar  lograr el infinito y apenas alcanzar el cero. Otra imagen tomada de la ciencia: el infinito y el cero. Pero la mirada ya se nos anuncia esperanzada “de prematura floración, ávidos los ojos de deshielo”.


Nos sorprende y conmueve Celia Cañadas con su capacidad de síntesis, con poemas que van alternándose a lo largo del libro con otros algo más largos. La poesía tiene ese reto, ser capaz de decir mucho con poco. Ella lo asume y lo logra. Ya lo hemos visto en alguno de los poemas de “Señales…” del anterior capítulo y aquí, ahora en este “Enero” que son cuatro versos, un poema casi de aire japonés cuyo ritmo se sustenta en el juego de dos binomios: sueño-palabra, nieve-misterio en flor. Esa nieve que recoge como vasos comunicantes, el símbolo de invierno del primer poema de esta “Actualidad…”


22 poemas conforman esta parte, la más larga porque también es largo el camino lírico que debemos recorrer desde dentro afuera, para salir del confinamiento y conquistar la cuarta parte del libro. La mirada rompe el muro invisible y busca una nueva luz. Tres poemas se suceden con el título de “Confinamiento” que nos declaran los días inmóviles y el tiempo inservible. Fuera, el mar, la floración sin audiencia. La Naturaleza invulnerable frente a la vulnerabilidad del Hombre. Y citas que nos hacen reflexionar, como la de Thomas Mann, “La enfermedad en cierto modo, tiene algo de noble”. Buscar en la enfermedad nobleza mientras aquí dentro, la luz que nos alcanza suena a burla.


En esta parte, el confinamiento es también un joven Darwin atrapado en el Beagle sin poder desembarcar en Tenerife. Es el deseo de superar el encierro, la avidez incontenible de intemperie, recordando en una hermosa enumeración, en “Confinamiento III: Estepa insular”, los duelos sufridos, la guerra perdida del abuelo, el rojo clavel de mi otro abuelo, el hambre de mi padre, la inapetencia acusadora de la hija. Celia Cañadas no olvida el duelo por las víctimas de la COVID, en ese poema implacable y bello dedicado a ellas, “Los olvidados (59)”.


El confinamiento se acaba con el inicio del verano 2020. Al viento del norte le sucede un viento del sur en un agosto donde de nuevo utiliza la figura del oxímoron a la que recurre Celia Cañadas, cuando “celebra la desolación” dejándonos luz tan cegadora. Oxímoron similar que encontramos en el poema “La isla: Lanzarote”, cuando la define como “esta bendita isla / de la desolación”.


La fábrica va generando su luz aumentando su intensidad según avanza el libro: luz interior, luz tamizada, luz cegadora…


Porque toca en este instante celebrar la naturaleza, celebrar el mar, beber sorbo a sorbo / hasta su espuma más amarga.

El mar junto a los naufragios que son memoria y son el fin del principio de Arquímedes: la mirada Física.


Y nos vuelve a recordar su voluntad de Nadie de la cita inicial, en el poema “La bolsa del polizón”. El polizón -el que viaja clandestinamente-, un autorretrato que es una enumeración de objetos por los que desea hacer su “peso leve”. En un empeño de nuevo de huir del protagonismo, de los focos y pasar desapercibida.


La mirada que se ha fundido con el paisaje debe regresar a la ciudad, al invierno, al instante en el que “la luz deje de lamer”, debe regresar a una calima que nos cubra como “una luz apocalíptica”. Pide Celia a los dioses entonces que le concedan el bien de los lotófagos, el más agradable olvido.


En este nuevo regreso, hay un instante en el que camino por un momento se torna de fuera adentro. Momento de reivindicarse. Destacaré el poema “Enemigo” con en ese tono inicial imperativo Dadme un enemigo… La COVID ya era un enemigo colectivo pero pide ahora uno propio, de verdad. Un enemigo basta, un enemigo, lo sabe la poeta, te mantiene alerta.


Los poemas finales de esta sección a partir de “Enemigo” son declaraciones de certezas, producto de este periodo de confinamiento: la necesidad del enemigo ya citado, el azar que nos convierte en protagonistas, la pregunta que ella misma se hace y que es lanzada al lector, ¿cómo se vuelve a salvo / a tocar tierra?, y, finalmente, el convencimiento de que todos somos mestizos e iguales y que “Quizás, nuestra desmemoria / sea lo único extraordinario”.


Es ya en la última parte del libro “Tecnologías”, cuando la mirada concluye este viaje al exterior y se alía con la ciencia para ahondar en la reflexión y hacer de la voz poética trascendencia.

En esta última parte se retoma el espíritu de la primera, “A modo de presentación”, completando  Celia Cañadas su autorretrato, mostrándonos su perfil científico. Celia sabe que es posible hacer poesía desde la ciencia y conmovernos. 


Diez poemas constituyen esta última sección, los cinco primeros dedicados al espacio, los cuatro siguientes a la deshumanización que está produciendo un elemento tecnológico tan cercano como son los móviles y un último poema, “Black out / El último día” que es un perfecto cierre para el libro al tratar el tema de la muerte que se apunta en el resto de poemas de este apartado final.


Así en esos primeros poemas del cosmos, son protagonistas los satélites artificiales que sobreviven “para quién” a la humanidad extinguida, o los son los telescopios Hubble y Max Webb “desde su altísima atalaya / llenándonos de cielo los pulmones”, soportando el “debris”, la basura espacial. Y observaremos con ellos la formación de las primeras galaxias y entenderemos lo inasible sentenciando que


cuanto más avanzo

más te alejas.


En “Agujeros negros” se toca ya el tema de la muerte. La admiración de la poeta hacia este objeto cósmico está anunciada en la cita de Chandrasekhar y se refleja en la hipérbole  de los dos versos finales:

 

la más ciega de todas

las fieras celestiales.


En un libro en el que predomina la primera persona confesional, el yo poético, nos topamos con este último poema dedicado el espacio, “PHA (Potentially hazaardous asteroid)” en el que empleando la personificación, el propio asteroide es el que nos habla en primera persona, anunciando el final de la fiesta, la muerte. Esta imagen de la fiesta recurrente de la que hablaba también en el poema “satélites artificiales”.


El móvil, la deshumanización que apunté antes, es en en los siguientes poemas generador de silencio y de soledad pública. Las referencias mitológicas se suceden y el futuro se conecta con el pasado y con el presente y hacen de la poesía un vehículo de permanencia.

Nos hará notar que la fascinación primitiva frente al fuego es similar a la que tenemos ahora frente a las pantallas, ante esta “luz / que ni arde / ni calienta”. Ese silencio colectivo que cité antes, el que Celia Cañadas quiere romper preguntando en voz alta “¿qué haremos cuando el sumiso Hal / revele su afán de permanencia?”


Cierra el libro el poema “Black out / El último día” con ese término tecnológico del apagón, de muerte en definitiva. Bella la cita de Panero que encabeza este poema último, que es un poema, retomando el tema clásico, de amor contra la muerte: “Nadie sabrá que nos bastamos los dos…”. 


Así, en un cierre perfecto del viaje realizado por la luz y la mirada en el transcurso del poemario, esta última mirada hacia el exterior se recoge en el poema final y mira hacia el interior de nuevo de todos nosotros, tal como comenzamos en el inicio del libro.


“La fábrica de luz” nos ilumina, concluirán conmigo. Al finalizar la lectura de este primer libro publicado de Celia Cañadas sentiremos que hemos sido interpelados continuamente. La poesía tiene esa misión.


Quizá pretendía Celia Cañadas, consiguiéndolo hasta el momento de publicar éste, su primer libro, pasar desapercibida como nos describe la cita inicial de la escena de Ulises y el Cíclope. Pero ya es tarde, Celia, la luz de tu poesía te ha traído ya con merecimiento al medio de la escena poética. 


Y quizá lo que no sabes aún, lector, es que después de leer este libro, quedarás, como el Cíclope, herido para siempre.



Javier Díaz Gil

29 de octubre 2023

.......

Con la proyección de imágenes de Adriana Pastor Cañadas, hija de Celia,  que ilustran el poemario, Celia Cañadas comenzó la lectura de los poemas.

Ha sido una tarde estupenda, rodeados de amigos y lectores con muchas ganas de presenciar el nacimiento editorial de Celia Cañadas.

Os dejo algunas imágenes y vídeos del acto: